Archive en octubre 2018

El cierre de una venta

El cierre de una venta

Ya vimos cuales son las condiciones para cerrar y cuales son las “luces verdes”. Veamos ahora la técnicas de cierre. Cuando la luces verdes sea hacen obvias o cuando las preguntas de control revelan que el cliente está listo… Es el momento de aplicar estas técnicas a prueba de balas que han sido usadas a lo largo de la historia de la humanidad.

Veamos cuales son:

Técnicas de cierre

1) Actuar como si la venta ya estuviera cerrada

Si el vendedor actúa como si la venta ya se hubiera cerrado, al cliente le costará más rechazarla. Es puramente psicológico. Además es difícil resistir a la actitud confiada y ganadora del que vende. Es igual que cuando un hombre seduce a una mujer: la confianza y la seguridad es todo. Ahora bien ¿Cómo actuar como si ya estuviera cerrada la venta?

a) Haciendo una pregunta que suponga que la venta ya se realizó haciéndolo elegir entre dos opciones:

“¿Dónde lo pondrá, en la habitación o en la sala de estar?” “¿Cuál de los dos modelos prefiere?”

b) Buscando el acuerdo de la persona que decide sobre un punto detallado.

“Estamos de acuerdo en que el producto tiene tales y tales características…”

La idea es ir avanzando punto por punto, acuerdo por acuerdo. Si ya acordaron en un punto, eso hace que la persona esté más propensa a acordar en otro.

Veamos un ejemplo…

Tu: Por lo que entiendo, el mecanismo le viene perfecto ¿Verdad?

Cliente: Si

Tu: Le aseguramos que nos haremos cargo del mantenimiento mensual del equipo. Para el mantenimiento ¿Prefiere que lo hagamos en nuestra fábrica o en su casa?

c) Induciendo una acción precisa e inmediata

El objetivo es claro: poner al cliente en posición de usuario del producto o servicio. Esto ayuda a que las personas indecisas tomen la decisión de una vez.

Es ideal para lo que te dicen: “Lo tengo que pensar”.

Veamos unos ejemplos…

“¿Me puede usted hacer venir a su director de proyectos así le muestro cómo funciona el producto?”

“Permítame enviarle una muestra para que ya tenga cubierta las necesidades de un mes”.

2) Hacer que la decisión sea urgente

Siempre es peligroso retrasar la decisión de compra ¡Siempre!

Hay que evitar que el cliente reflexione demasiado. Cuanto más lo consulte con la almohada, más tiempo tendrá para buscar una solución alternativa que lo complazca más.

Si nuestros últimos argumentos lo han impresionado pero todavía esta vacilante esté método es ideal. Permite acelerar la decisión y apresurar el negocio en el momento: consiste en demostrar al comprador que perderá una ventaja si deja para más tarde la decisión.

“Es la última que me queda y tengo dos compradores potenciales. Uno de ellos debe llamarme esta tarde. Se lo dejaré al primero que decida. Es lo justo.”

“Desde la semana próxima me veré obligado a aplicar el aumento previsto. Piense que si lo lleva ahora se ahorrará…”

“Prácticamente no tengo más stock. Si decide ahora puedo enviárselo pasado mañana. De lo contrario tendrá que esperar 6 meses.”

Observe que en todos los ejemplos hay  un castigo por no realizar la compra: el producto no estará disponible NUNCA más, habrá un recargo de dinero, el tiempo de espera será muy largo, etc.

3) El método de balance

Normalmente las ventajas predominan sobre las desventajas. Aun así siempre hay un cliente que descubre un punto débil y, aunque sea un detalle secundario, es suficiente para negarse a comprar.

¿Qué se puede hacer? Déjame mostrarte…

Siéntate con el comprador y haz un inventario escrito de las objeciones que han surgido y la respuesta que le has dado a cada una. Si aún queda un punto sin resolver, haz una tabla de dos columnas: “pros y contras”. Si hay 10 ventajas contra una desventaja, digamos que ésta última perderá efecto.

Psicológicamente es muy fuerte  y eficiente.

Ideal también para responder al temible “Lo tengo que pensar”.

“¿Que tienes que pensar? Sentémonos y evaluemos las ventajas y desventajas…”

Técnica poderosa si las hay…

4) La última objeción

Algunos compradores sienten un placer sádico en multiplicar las objeciones haciéndolas eternas… Corremos el riesgo de perder tiempo valioso…Alguna vez te pasó seguramente ¿Quieres saber cómo resolver esta tediosa situación? La respuesta se llama la técnica de la última objeción. A penas has respondido a una objeción y, mientras el cliente aun reflexiona sobre la respuesta, hazle la siguiente pregunta:

“Ya he contestado a todas sus observaciones ¿Tiene usted quizás todavía una ULTIMA pregunta?

En general la persona responde afirmativamente y plantea su última objeción. El vendedor la responde y fin del asunto. También puede preguntar: “¿Este es el último punto que lo hace dudar todavía?

5) Transformar al cliente en vendedor

Este método consiste preguntar al comprador cuales son las razones y ventajas que le decidirá adoptar el producto o solución propuesta. El cliente al argumentar por sí mismo refuerza su propia convicción y entonces el vendedor puede concluir diciendo

“Bueno, he terminado con mi exposición: ¿Puedo preguntarte cuales son las ventajas que más le han gustado?”

6) Dar una ventaja suplementaria

Sirve para hacer desaparecer las últimas dudas. Se ofrece una ventaja espectacular o gesto amistoso. A veces simplemente el cliente acelera la decisión por miedo a perder esta ventaja.

Es muy efectivo…

Igualmente más importante que la técnica en sí es la voluntad de cerrar la venta una vez que hemos visto la luz verde. Por supuesto haciéndolo de forma tal que el cliente piense que ha ganado la negociación y que la compra es una buena decisión.

Como terminar la entrevista

Hemos cerrado exitosamente ¿Que hacemos ahora? No arruinar las cosas. Esto es lo que tienes que hacer para que todo termine perfecto:

A) Partir rápidamente y con firmeza.

Si te quedas demasiado tiempo luego de haber cerrado, el cliente podría comenzar a reflexionar si esto fue un buen negocio. Estrecha su mano y despídete en forma firme pero relajada.

Es como cuando arreglas una cita con una mujer por teléfono y te pones a repetir el lugar y la hora de encuentro para estar seguro: esto muestra inseguridad de tu parte.

B) Felicitándole

Debes animar al cliente y felicitarlo. Después de todo ha tomado una excelente decisión. Esto lo tranquilizará.

C) Ofreciéndole servicios

El cliente a veces puede sentir que luego del cierre lo abandonan. Por eso es importante plantear asesorías futuras y servicios post venta. La idea es tener una relación de largo plazo no sexo de una noche.

¿Y Si no has cerrado?

Puede suceder que, pese a haber hecho una exposición formidable y haber implementado magistralmente todas las técnicas posibles, la venta no se haya concretado.

Aquí lo que debes hacer es permanecer con calma, agradecer por el tiempo que se te han concedido y retirarte sonriente.

En muchas de estas situaciones el vendedor se torna molesto e insistente. Grave error. Lo mejor es dejar una buena impresión y una semilla mental de nuestros sólidos argumentos.

Muchas veces lo que necesita el cliente es tiempo. Mejor dárselo que perderlo definitivamente por caerle mal ¿No crees?

Las claves para vender

Las claves para vender

En el artículo anterior  te explique cuales son las condiciones para cerrar una venta. La seducción es una venta así que los mismos principios se aplican. Veamos ahora las luces verdes que nos indican si es el momento de cerrar

Las luces verdes que nos dicen cuando es el momento justo

Los errores más comunes que un vendedor puede cometer son dos:

A) Querer cerrar la venta demasiado pronto

 B) Tardar demasiado en cerrar la venta.

En el primer caso el problema es obvio: el comprador aún tiene dudas u objeciones que expresar.

Si lo apuras demasiado él pensará que estás más interesado en cerrar la venta que en ayudarlo a satisfacer su necesidad.

Más interesado en el sexo que en una relación a largo plazo.

El problema con el segundo caso es que si esperamos demasiado la persona puede comenzar a reflexionar demasiado, apareciendo nuevas y originales objeciones para las que no tenemos respuesta.

Por eso es muy importante saber identificar las luces verdes. Nos dicen cuando estamos en el punto de equilibrio. Veamos cuales son:

1) El cliente adopta la actitud del propietario

Esto es muy común en clientes entusiasmados. Actúan y hablan como si ya hubiesen comprado el producto.

De hecho suelen aportar argumentos a favor e incluso piden ser reafirmados.

Él mismo se convence de su utilidad: “esto es lo que necesitaba…también lo voy a usar para/ me va a servir para…”

2) Se asegura de ciertas garantías

Que, en realidad, no afectan al objeto de la compra sino más bien a los anexos de la oferta: Instalación, servicios post venta, plazos de entrega, etc.

3) Formula preguntas sobre puntos detallados después de haber discutido los problemas principales

“¿Cuáles son las instrucciones de funcionamiento? ¿Porque medio los entregan? ¿Puede volver a decirme en dos palabras cómo funciona?”

Normalmente también se observa que le pide al vendedor que repita una frase o que le vuelva a explicar un punto específico.

Atento a esto porque es una buena señal.

4) Pide una ventaja suplementaria

Mentalmente está a punto de decidirse. Lo frena el pensamiento de que “podría estar haciendo un mal negocio”.

Necesita un incentivo más para convencerse y justificar la compra.

Él quiere asegurarse de que no va a perder la negociación y hará un buen trato. Por eso pide algo más, así puede justificarse luego.

5) Hace una falsa objeción

Es la típica objeción del último minuto que, en realidad, ni el cliente se la cree…

Como está inquieto y no tiene objeciones verdaderas, inventa algunas para retrasar la decisión:

“Hay que tener en cuenta que mi antiguo aparato funciona todavía. No voy a dejarlo en un rincón así nomás”.

¿Y entonces para qué mierda fue a la tienda? Es igual que una mina en un bar…

“Si, la oferta es interesante pero no estoy seguro que todos los modelos le gusten a mis clientes”.

Bueno, que lleve los que si les van a gustar…

Las respuestas que puse no son para que se las digas, son solo para evidenciar lo ridículo de tales objeciones.

6) Vuelve en forma suave a una objeción importante.

No es que no está seguro. No es que esa objeción sea un peligro para la venta. Necesita que le reafirmes el argumento para que se sienta seguro y termine de convencerse.

Intenta conseguir la prueba suplementaria.

Otros ejemplos de luces verdes posibles

Las que mencionamos antes era las seguras…estas en cambio son luces amarillas…

Dependen del contexto saber sin luces verdes o rojas…

A veces un tono de voz puede ser la diferencia. Es MUY importe que las conozcas. Veamos…

1) Hace intervenir a un tercero

Muy común en personas inseguras.

Hace venir a un colaborador para que participe de la entrevista o un colega para que vea el producto o evalúe el servicio.

2) Agarra algún elemento visual con la mano (folleto, póliza, foto) y lo mira de nuevo

Puede hacer o no una pregunta…

3) Cambia de actitud en forma repentina

Esto puede significar que algo le llamó la atención y se decidió a comprarlo.

Normalmente cambia la expresión en su rostro (se vuelve más relajado), sus silencios son más largos y se lo nota dubitativo (menea la cabeza lentamente).

Hacer salir las luces verdes

Puede ocurrir que a veces ni las luces verdes ni las amarillas aparezcan. En este caso no nos queda opción que hacerlas salir.

Debemos reconocer el terreno. Ver dónde está el cliente. Saber cuáles son los obstáculos que quedan.

¿Cómo provocar que salgan? ¡Con las maravillosa preguntas de control!

Usted: “Ahora que le he explicado el funcionamiento, le parece más sencillo ¿Verdad?”

Cliente: “Aun parece complicado pero un poco menos de lo que pensaba” (vuelve suavemente a una objeción)

Usted: “¿Dónde piensa instalar el aparato?”

Cliente: “Eh bien…ah aquí, este será probablemente el mejor lugar” (adopta la actitud del propietario).

Al final de la entrevista las preguntas de control son clave. Hay que preguntarlas varias veces.

Y si las luces verdes no aparecen… ¡Que importa! Cierra de todas formas. Es como con las mujeres…si no estás seguro de que está lista para ser besada…cómele la cara igual…

Tres cosas muy importantes a la hora de cerrar son:

A) Es mejor cerrar demasiado pronto que demasiado tarde.

Más vale quedar como osado que como quedado. Más vale pedir perdón que permiso.

B) Hay que buscar el cierre al final de la entrevista. Precisamente luego de haber respondido una objeción importante o luego de haber ganado una argumentación fuerte.

Luego de que superaste un obstáculo difícil el cliente quedó impresionado. La energía está al máximo. Ahí es el momento de decir: “Lo pagará a crédito o en efectivo”.

C) Una respuesta negativa a una pregunta de control no debe ser considerada como definitiva, sino más bien como una invitación a profundizar la argumentación.

Es como una chica en un bar. Si le tiras un beso y ella corre la cara pero se queda ahí hablando contigo…hay que seguir hablando e intentarlo al cabo de unos minutos.

Ahora la pregunta del millón ¿Cómo cerrar? ¿Te gustaría saberlo? En el próximo artículo te voy a enseñar las técnicas de cierre más eficientes.

La clave de una venta: el cierre

La clave de una venta: el cierre

El cierre es donde fallan el 90% de los vendedores ¿Porque? No saben COMO hacerlo. Por eso hoy quiero enseñártelo. Así puedes ser de los pocos que venden. De los pocos que realmente pueden vivir de la venta y llegar a la preciada independencia financiera. Quieres lograr eso ¿No?

Ya dialogaste con el cliente durante una hora. Ya escuchaste sus necesidades y respondiste a todas sus objeciones. Llegó el momento de cumplir nuestro objetivo: cerrar el trato. Esta es una etapa crucial y conocer las técnicas para hacerlo es obligatorio.

La decisión es el momento más importante de la venta y provoca en el cliente dudas y tensiones que pueden ser negativas. El vendedor DEBE ser capaz de percibir la cercanía de este momento de la verdad y, a través de una serie de comportamientos y técnicas, provocar la decisión favorable. Irónicamente, es en esta fase donde el vendedor se desconcentra y relaja su esfuerzo ¿Nunca te pasó?

Es precisamente hacia el final, cuando la tensión está en su punto máximo, que el vendedor debe superar su propia inquietud y transformar la indecisión en acuerdo. Las técnicas te ayudan focalizarte y evitar que los nervios y la ansiedad lo arruinen todo.

Estas estrategias son infalibles. Pero antes de explicártelas primero hay debes saber CUANDO es el momento para aplicarlas.

Para cerrar el vendedor debe:

  • Estar seguro que se cumplen cierto número de condiciones.
  • Detectar las señales de deseo de compra que emite inconscientemente el cliente.
  • Dominar las técnicas de cierre y adaptarlas a la situación.

Luego debe saber:

  • Como terminar la entrevista.
  • Qué hacer si no ha podido cerrar la venta.

Antes de explicarte las fabulosas técnicas (el COMO), déjame explicarte cuando debes aplicarlas (El CUANDO).

Condiciones para hacer el cierre

Todo el mundo quiere saber cuándo es el momento justo. Eso sin duda. Pero desgraciadamente ese momento no existe. Aun así, existen una serie de condiciones minuciosamente estudiadas que te ayudan a saberlo. Por supuesto, a veces es difícil saber si están cumpliendo todas. O si, aunque se cumplan todas, falta algo más.

Sin embargo estas condiciones son necesarias para cerrar la venta:

1) Es necesarios que el cliente tenga el deseo de poseer el producto

Si el cliente dice la típica: “Este producto es excepcional PERO no es para mí o no me hace falta” algo hiciste mal. Claramente no has despertado el deseo. Muy probablemente hiciste una presentación demasiado técnica en vez de concentrarte en factores psicológicos y emocionales.

2) El cliente debe confiar en el producto, en el vendedor  y en la empresa

Aquí la clave es que el vendedor no esté temblando de miedo como una hoja al viento. Y, por supuesto, que no dude al hablar. Las respuestas deben ser concretas y su actitud segura. Cualquier vacilación despertará desconfianza en el cliente.

Y con respecto al producto y la empresa, esto es fácil. ¡Debes creer en el producto que vendes y la empresa para la que trabajas! Con solo ver que tú crees, el cliente también creerá. Es así de simple.

Una exposición verbal precipitada, un entusiasmo incontrolado, una formulación insegura dan al cliente la desagradable impresión de que lo están engatusando. La actitud del vendedor condiciona la actitud del cliente.

A vendedor demasiado vacilante…cliente poco comprometido. A vendedor agresivo…cliente a la defensiva. A vendedor con confianza cliente tranquilizado. Créeme que funciona. Es como cuando seduces a una mujer: la actitud es todo.

3) El cliente debe haber entendido todo lo que la oferta es capaz de proporcionarle

Es tan común…el cliente no entendió lo importante que el producto era para él. Realmente le hubiera servido… Al final terminó eligiendo otras soluciones ventajosas…y luego lo lamento. ¿Es su culpa? Para nada.

Fue el vendedor quien falló en explicarle los beneficios. No supo mostrarle como el producto iba a solucionar su problema. A lo largo de la negociación debes estar seguro que todo haya quedad claro ¿Quiere saber cómo hacerlo? Aquí tienes unas simples reglas:

– Siempre repite el contenido y al final resúmelo.

– Utiliza las maravillosas preguntas de control para asegúrate de que el cliente haya entendido:

“¿Qué piensa usted?” “Me gustaría conocer su punto de vista sobre la presentación de este elemento ¿Tiene usted preguntas que hacerme sobre este punto?”

4) El cliente debe poder justificar su decisión

Cuando cualquier persona toma una decisión tiene que poder justificarla. Ya sea ante el mismo como antes sus amigos. Estos últimos siempre le preguntarán: “¿Porque hiciste eso? ¿Crees que fue una buen decisión comprarlo?”

Y él debe aportar argumentos suficientes para cerrarles la boca y así poder ser feliz Por lo tanto como vendedor debes aportar elementos que ayuden al cliente a justificar su decisión ¿Quieres saber cómo hacerlo?

Muy simple: dándole razones lógicas y no solamente razones emocionales. Recuerda: las razones emocionales son para que tome la decisión, las lógicas, en cambio, para que pueda justificarla. Para que compre debe poder justificarla.

5) Que el cliente tenga el poder de tomar la decisión

¿Te ha sucedido alguna vez que visitas a un cliente y luego de la reunión te enteras que esa persona a la que impresionaste con tu discurso no tiene el poder para decidir si te comprará el producto?

Que pérdida de tiempo…

Asegúrate primero que la persona que visitas tenga el poder de tomar la decisión. Algunas personas pueden decirte que lo tienen aunque no lo tengan. Averigua bien.

También puede pasarte que si pueda decidir pero te diga que no tiene dicha potestad. Las personas que hacen esto lo hacen como pretexto para no decidirse. El conocimiento es poder, en la venta, en cualquier negociación o en la vida…

6) No debe quedar ninguna objeción pendiente

Siempre recuerda que el cliente no decidirá hasta que haya expresado todas sus objeciones. Por eso es MUY importante que solicitarlas y hacerlas aparecer. Solo así podrás responderlas y calmar las inquietudes de cliente.

El arte de vender consiste en generar confianza para que el comprador se sienta cómodo y pueda expresar todas las objeciones que tenga. ¿Qué ocurre si la persona no las expresa todas? Usamos las hermosas preguntas de control nuevamente:

“¿Tiene alguna observación que hacerme sobre este punto importante?. Así pues ¿Está todo claro?” Y si de última la persona es demasiado tímida para objetar…

¡Formulamos las objeciones nosotros y las respondemos como si el cliente las hubiese hecho! A cierta altura de la vida ya conocemos bien las posibles objeciones…O al menos podes presentir cuando podrían aparecer.

Una vez que el vendedor intuye a través de sus poderes X-men que estas condiciones están cumplidas, llegó el momento de incitar a la decisión.

El momento justo para hacer el cierre es cuando aparecen unas señales muy específicas que llamaremos “luces verdes”.

Si, como un semáforo…¿Quieres saber cuáles son? En el próximo artículo (link) las voy detallando.

El amor en tiempos de Instagram

El amor en tiempos de Instagram

En muchas ocasiones he oído la frase “es el amor de mi vida” pronunciada por amigos y amigas. Para todos los casos no puedo ver otra cosa que una actitud ingenua e inmadura hacia la vida por parte de ellos. En el fondo quienes emiten esta frase en referencia a otro ser humano no están haciendo más que idealizarlo y, el acto de idealizar, es un triste subproducto de una autoestima muy baja. Para cada uno de estos casos las evidencias sobran y sus carencias emocionales y debilidades del ego se evidenciaban en las parafernalia de la redes sociales.

También, por supuesto, se puede encontrar un factor hormonal cuando alguien dice que se enamora. El amor genuino es algo práctico y diario que se observa en largo plazo. No es el producto de la calentura sexual y de la idealización de una mente inmaduramente “romántica” y con muchas escasez que huye de la realidad idealizando porque le da miedo lidiar con ella y ser vulnerable.

Hace poco leí un artículo titulado “5 indicadores de una baja autoestima en Facebook” y puedo asegurar que vi cada uno de ellos en el perfil de cada una de estas personas. Normalmente el número excesivo de “amigos virtuales” era el primer indicador, seguido por la búsqueda de validación externa mediante los famosos “me gusta” publicando comentarios frívolos, opiniones, expresión de sentimientos y, para el caso, de las mujeres, fotos exponiendo su belleza que, de acuerdo al grado de pudor, aparecían con menos o más ropa. O, a lo sumo, para ambos géneros, fotos mostrando lo interesante y felices que son sus vidas. En última instancia el juego es mostrar y vanagloriarse.

Aunque sí, la búsqueda de validación externa mediante fotos es algo que suele atribuírsele a las mujeres y estadísticamente hablando esto se confirma. Por este motivo, se inventaron redes exclusivas para publicar fotos: Instagram , Snapshot, etc…

Y, por supuesto, el target son las mujeres jóvenes las cuales buscan desesperadamente compensar sus bajísimos niveles de autoestima con la validación externa de unos onanistas arrastrados que, a su vez, presentan los mismos síntomas de una autoestima dañada al depender su felicidad de que ellas reaccionen a su patético acercamiento virtual.

Quisiera poder decirles a muchos de mis amigas y amigos que sus serios problemas afectivos los van destruir muy lentamente en el largo plazo, sin embargo no lo hago porque la respuesta es predecible: las personas con problemas de autoestima suelen victimizarse constantemente lo que se traduce en que se pondrán a la defensiva y negarán el planteo. Incluso, llegando a ponerse agresivos. Es difícil admitir lo que les planteo ya que es un golpe al ego y, asimismo, es difícil mostrarse vulnerable, sobre todo, en la era de la superficialidad.

Los hombres también hacen lo mismo, en algunos casos con fotos de sus cuerpos pero para el caso de Facebook mostrando que tan entretenidas y fascinantes son sus vidas. Poniendo imágenes con frases célebres u optimistas o simplemente comentando banalidades o estados sentimentales. Todo para buscar la validación de sus “amigos” virtuales. Tanto el amor como el concepto de la amistad jamás han sido tan bastardeados como en nuestro presente. En un artículo que he leído hace poco el autor ironiza diciendo: “Que las vidas perfectas de Facebook no te depriman”.

El problema de fondo consiste en que las redes sociales y la virtualidad han deshecho las relaciones humanas fomentando la auto glorificación y la indiferencia. Qué ejemplo más claro y funesto que el uso generalizado de mensajes de texto a través del Whastapp cuya única función es fomentar la indiferencia. Todo se vuelve una patética competencia de “quien ignora más quién”, un continuo intento por reprimirse para no parecer un necesitado.

En términos globales y en el largo plazo, cada vez nos aislamos más y, en lugar de dar y compartir, dudamos a la hora de comunicarnos por miedo a invertir demasiado y perder el marco de la comunicación. Esta actitud produce una retroalimentación que destruye la empatía e institucionaliza la indiferencia. La vuelve normal cuando se trata de la peor expresión de miseria y desprecio. Dicen que el odio es lo opuesto del amor pero no lo es. Es la indiferencia su contraparte. La ausencia absoluta de empatía.

Hace poco tuve el honor de hablar con dos personas sobre este polémico tópico. Uno de ellos, un religioso con posturas bastante sugestivas y algo peligrosas para la misma institución conservadora para la que trabaja, planteó algo muy interesante. Él dijo que el secreto se encuentra en la filosofía de poner la otra mejilla. La pregunta obvia es cómo hacerlo. Digo, poner la otra mejilla con el odio parece más sencillo. Al fin y al cabo consiste en aguantar los golpes e insultos. Ahora bien, ¿cómo se le pone la otra mejilla a la indiferencia?

Muy simple: se da sin esperar recibir nada a cambio. Esa es la definición más pura y realista del amor. En pocas palabras respondemos a la indiferencia con el amor. Pero no con el amor condicional (producto de una mente llena de escasez y necesidad) sino con un amor incondicional. El primero es producto de una autoestima dañada, el segundo de un espíritu lleno de abundancia. Cuando escucho a esos patéticos hombres arrodillarse ante una mujer diciéndole que la aman y odiándola luego y sintiéndose victimas de ella al ser rechazados, solo siento lástima.

Eso no es amor, aquello es necesidad y egoísmo. Ellos dan pero esperan algo cambio. Precisamente, el rechazo es un invento de una persona con baja autoestima pues si alguien está dispuesto a dar por el hecho mismo de hacerlo y eso es lo que los hace feliz, entonces lo que haga o diga la otra persona no debería importarle. Incluso si lo insulta o le es indiferente. Por otro lado, en la mayoría de los casos, ese rechazo, desprecio o indiferencia por parte de la persona que recibe algo (ya sea en forma condicional o incondicional) es producto de la falta de humildad y de la ignorancia de dicho individuo. Piénsalo así. Tu das algo y la otra persona te trata con indiferencia o rechazo ¿Qué quiere decir esto? Que esa persona no te conoce y tampoco ha buscado conocerte por lo tanto su opinión expresada a través de ese acto no tiene validez.

Si una persona te dice que eres el amor de su vida o, por el contrario, que jamás estará contigo, en ambos casos sus palabras no significan nada. Esto así porque simplemente no te conoce y ni siquiera tiene la humildad para admitirlo. En un caso te está idealizando, en el otro, te está demonizando. En el fondo, no tiene ni idea de quién eres ¿Por qué debería afectarte su opinión entonces? Es como si un extraño se acercara a ti por la calle y te dijera que eres el peor ser de la tierra ¿Tiene validez su opinión? ¿Y entonces porque te dejas afectar por ella? Si lo haces es tu problema y no el de él. Tu eres el que tiene un problema de autoestima y se está victimizando. Tu no controlas lo que hace el otro pero si controlas si lo que hace el otro te afecta o no. O por lo menos puede elegir si quieres que te afecte o no.

Una persona que idealiza o demoniza y que es incapaz de ver al otro como es y que encima no tiene la voluntad para conocerlo es, en general, un individuo con una autoestima lastimada ¿Quieres hablar del amor real en una pareja? ¿De ese amor de la vida del que me hablas? Pregúntale a los miembros de una pareja que llevan décadas juntos y siguen siendo felices y han sobrevivido conflictos, aburrimiento y tragedias a través del trabajo y el esfuerzo en el día a día por parte de ambos. El amor de la vida, en todo caso, se ve en retrospectiva mirando hacia atrás. Y, de todas formas, yo no lo llamaría el amor de la vida. De hecho ninguna pareja que ha estado tanto tiempo lo llama así. Sería bastardear la relación ¿Sabes cómo lo llaman? Amistad.

Y no es la amistad que tanto bastardean hoy los seres de baja autoestima rodeándose de personas (ya sea real o virtualmente), para sentirse queridas y buscar compensar mediante validación externa de otros individuos de baja autoestima sus frágiles egos. La amistad también es dar sin esperar nada a cambio y requiere la existencia de autoestimas sanas y una mentalidad de abundancia. De lo contrario, la presencia de una necesidad de validación por parte de los demás, lo tergiversa todo. Pregúntaselo a tu amigo o amiga que tiene millones de amigos virtuales y organiza eventos para mostrarse a sí mismo y a los demás cuantos amigos tiene y, a su vez, para sentirse querido y especial. Necesita de algo externo para compensar que no se quiere a sí mismo. Ese es su gran problema. El día en que esas personas que lo rodean lo abandonen o el día que esté muy vieja y no tenga el atractivo físico para atraer a esos “amigos” arrastrados que le tienen ganas (aunque ella lo niegue pero en el fondo lo sepa) y que están ahí para subir su ego…ese día va a ser muy complicado para él o para ella. Para poder querer genuinamente primero debemos aprender a querernos a nosotros mismos para así librarnos de la adicción a la validación externa.

La amistad es estar ahí. En ese sentido, el amor genuino y la amistad genuina son los mismo. Hace un tiempo atrás presencié el discurso de una viuda que al referirse en lágrimas a su fallecido esposo dijo desconsolada: “He perdido a mi mejor amigo”. Exactamente, no dijo que perdió al amor de su vida, bien sabía ella que eso no existía. Perdió a su mejor amigo. Más claro imposible.

Amar al prójimo es clave para ser feliz y, para amar realmente, se necesita humildad para admitir que no conocemos al otro y que solo los años y el día a día, nos ayudará a conocerlo. También necesitamos de esa humildad para reconocer cuando tenemos problemas emocionales que nos impiden amar. Uno de ellos es el miedo y el otro es la idealización. Ambos están relacionados pero para darnos cuenta de este problema debemos ser humildes y admitir la posibilidad de que algo no funcione bien en nuestro interior, en vez de salir a la defensiva y victimizarnos. Debemos hacer esto en vez crear una imagen mental (ya sea positiva o negativa) de una persona determinada sin ni siquiera conocerlo.

Por último, debemos tener la humildad de abrir el corazón y abrazar a esa persona superando el miedo a ser vulnerables. Las religiones católica, judía y musulmana dicen: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. En esa frase se resumen todas las enseñanzas de cada uno de sus fundadores. La diferencia entre cada una de esas religiones son sencillamente detalles. El mensaje es el mismo. Tan simple y sin embargo la mayoría de los que las profesan parecen olvidarse de ello. O se hacen los tontos a la hora implementarlo. Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago. Hay demasiada hipocresía en nuestro mundo. Es más fácil seguir al pie de la letra los rituales superficiales escritos en la Biblia, la Tora o el Corán que seguir la enseñanza principal.

“No comas carne los viernes, ve a la iglesia los domingos, no comas cerdo, ora tantas veces al día”. ¿Y qué hay con ama a tu prójimo como a ti mismo? ¿No era esa la idea principal?

El resto son detalles y encima escritos por hombres no por Dios porque Dios es amor, amante y amado ¿Por qué es tan difícil de entender para todas las sectas religiosas del mundo algo tan simple? Una vez escuché que si cualquiera de los fundadores de las principales religiones viajará en el tiempo a nuestros días señalaría que hemos hecho todo mal y que no hemos entendido nada. Lo que ocurriría luego sería que las instituciones eclesiásticas matarían a sus propios profetas ya que sus enseñanzas reales y pragmáticas contradecirían a los líderes religiosos de la actualidad.

Pero volviendo a la cuestión principal ¿Cómo le hacemos frente a la indiferencia? Con amor. Recuerdo que un buen amigo (uno de esos que realmente está ahí aunque a veces sea medio colgado) me dijo que en una época era vendedor ambulante en los buses y que la indiferencia de la gente era la reacción normal ante su presencia. Él me decía: “me hubiera deprimido mucho si todos los días hubiese esperado algo a cambio de mi sonrisa y los chistes que contaba para alegrarle el día a la gente. Simplemente iba a alegrarle la vida a las personas y eso era lo que me ponía contento. Con el tiempo he descubierto que si uno mantiene esa postura, a la larga es muy difícil para los otros mantener la indiferencia. Los lastima hacerlo”.

Y algo de verdad hay en esto puesto que somos seres empáticos programados para interactuar con el otro. Al fin y al cabo, dicen que la mejor forma de ser feliz es hacer feliz alguien.

¿Cómo está tu vida?

¿Cómo está tu vida?

¿Alguna vez tuviste uno de esos sueños donde estabas llegando tarde a un lugar importante? ¿O donde te faltaba una materia para terminar la universidad, el secundario o la escuela? ¿Que estabas atrapado en el pasado y que apenas despertabas te dabas cuenta que ya habías terminado ese período de tu vida y sentías el alivio que siente alguien que se está ahogando al ser rescatado?

A mí me pasaba seguido. A veces siento que durante toda mi vida he llegado tarde a todos lados. Que he aprendido las cosas cuando ya era tarde. Que me he dado cuenta de nuevos puntos de vista cuando una situación ya era irreversible. Cuando ya los errores habían sido cometidos. Cuando ya el período había pasado. Cuando ya solo quedaba el árido presente.

Luego recuerdo que las palabras con las que me hablo crean la realidad en la que vivo y que el pasado es tan solo una historia que me cuento. Puedo ser un héroe, un monstruo, un maestro, un sobreviviente o una pobre víctima. En cada período de mi vida he sido un personaje distinto. A estas alturas, creo que todos.

En una época solía pensar que era un actor de reparto en la película de mi propia vida. Hubo un tiempo en que pensaba que había personas que existían solo para torturarme. Hubo un período en que anhelaba la venganza más que otra cosa. Hubo una época en la que quise ser amado más que nada. Hubo un tiempo en el que la magia fue real. Hubo un momento en el que solo quería que el día terminara.

¿En qué período me encuentro hoy? ¿Con qué nombre recordaré el presente dentro de un año? ¿Y dentro de diez años? ¿Me contaré la historia una y otra vez o le daré un significado distinto, o tal vez varios?

Hace un año que vine a este nuevo país. Una nueva aventura había comenzado. Vine a dar la vida por la torre en la que dormía la princesa, tal vez con la esperanza de que, en vez de morir por una ilusión, pudiera ver si la doncella existía. Tal vez despertarla y ver quién era. Hago referencia al verso de un poema que leí una vez:

“Daré mi vida por la torre en la que duerme la princesa”.

¿Qué significa dar la vida por la torre y no por la princesa? Significa dar la vida por una ilusión, algo que no es real. Significa idealizar a una persona (en este caso una mujer) al punto tal de perder la noción de quién es realmente. Por supuesto, de llegar a conocerla, veríamos sus defectos, pero ahora no podemos verlos. Solo vemos la ilusión que nuestra mente proyecta. Hace quince años algo parecido me había ocurrido. La diferencia es que ahora estaba consciente que lo estaba haciendo. Aún con la conciencia de perderme en la ilusión, volví a caer en ella.

En el camino comencé a amar lo nuevo en vez de lo viejo. Mi perspectiva cambió. Descubrí que las mujeres de mi edad no me atraían. Habían envejecido. Su mente se había marchitado. Habían aprendido a odiar a los hombres. Se quejaban demasiado y solo transmitían negatividad. Ahí recordé la frase: “Si las manzanas están podridas, no vayas al cajón, ve al árbol”.

Incluso aquellas que no se habían marchitado sólo representaban un premio para mí. Una suerte de revancha para satisfacer a esa versión de mí mismo que había sido hace diez años. No me gustaban realmente. O tal vez sí. El tema era que no las conocía. Algunas, al conocerlas, me hicieron alejarme de ellas. Otras simplemente me produjeron pena o indiferencia. Hubo, no obstante, una que realmente me maravilló. Un hermoso ser humano que parecía no haber envejecido en cuerpo y espíritu. Aun así, la mayoría se había marchitado.

La solución parecía bastante lógica: salir con mujeres más jóvenes, cuya mente aún no haya sido corrompida por la amargura de los años. Que pudieran amar con pasión. Que no creyeran que todos eran iguales. Que disfrutaran del éxtasis sexual de forma plena. Encontré un verso de un poema que expresaba lo que sentía:

“I was late for the most of the things of my time. I loved what was old above anything new. But the young ones offered me on silver plates their thighs. Their nipples flesh. ‘I am the true wine’ they said. And I drank”.

“Llegué tarde para la mayor parte de las cosas de mi tiempo. Amé lo viejo sobre cualquier cosa nueva. Pero las jóvenes me ofrecieron en bandejas de plata su muslos. La carne de sus pezones. ‘Yo soy el verdadero vino’, dijeron. Y yo bebí”.

Durante toda mi adolescencia y mis veinte estuve durmiendo en una suerte de coma. En la amargura de ese sueño fui rechazado por las jóvenes de mi edad. Amargado, acumulé rencor. Quería venganza. Quería que experimentaran el rechazo y la frustración que yo sentía. Quería que mi dolor fuera infligido en ellas. El odio y la agresividad crecían en mí.

Tuve suerte. Desperté a un año de cumplir treinta. Antes de que esos sentimientos se volvieran irreversibles. Antes que el rencor y la frustración se convirtieran en odio. Quien sabe que tan lejos el desprecio hubiese llegado. Me da miedo preguntármelo. Cuando veo en los noticieros historias trágicas de violencia hacia las mujeres a veces me pregunto: ¿habría llegado tan lejos? Por suerte nunca lo sabré.

Al escribir A sangre fría, Truman Capote dijo que se identificaba con el asesino sobre el que estaba escribiendo. “Es extraño —dijo—. Si bien me asquean sus acciones, entiendo de donde proviene su angustia y su odio. Es como si él y yo hubiéramos sido criados en la misma casa pero, mientras yo salí por la puerta delantera, el salió por la de atrás”.

Por suerte desperté. Desafié las creencias que me limitaban. Recuperé el tiempo perdido. Aunque, si fue gracias a ese tiempo que pude salir adelante, tal vez no sería justo llamarlo así. Fue el tiempo necesario. Somos el producto de nuestras experiencias. Estamos donde estamos gracias al sufrimiento que hemos experimentado. Este último nos da frutos dulces solo si le damos un significado. De lo contrario, se convertirá en amarga desesperanza. La desesperanza es eso: sufrimiento sin significado.

Al ganar confianza y seguridad en mí mismo, me lancé en busca de las mujeres que me habían rechazado alguna vez solo para encontrar que en muchos casos habían envejecido, mientras que en otros casos no eran lo que esperaba. Las había idealizado. Había estado dispuesto a morir por la torre en la que duerme la princesa, pero no por esta última.

Tuve mis revanchas. En el primer momento sentí orgullo. Estaba haciendo las paces con aquel niño frustrado que había sido. Luego fue simplemente una cuestión de ego. Con una chica argentina me ocurrió que ella ni siquiera me atraía o me agradaba. Cuando la conocí, mi autoestima estaba tan baja que no pude ver cómo la negatividad de sus años la había consumido.

En otro caso, estaba tan dispuesto a lograr mi objetivo de intimar con una chica, que no pude ver cuánto me atraía realmente. Y como usé una máscara, simplemente la alejé de mí. Solo cuando se apartó pude ver el daño que la máscara podía hacer. Solo cuando me la quité pude realmente conocerla. Ella también usaba una máscara. Aun así, sentí que ella se alejaba. Tuve que confesarle que fue el ego lo que hizo que actuara así. No me atreví a confesarle lo que realmente sentía por ella. Que, al conocerla realmente, me había gustado profundamente. Pero ya era tarde… Además había llegado a un nivel de vulnerabilidad muy grande. Algo que era sano y liberador. Aun así, no me atreví a decirle lo último. Temía perderla completamente. Suspiré y seguí adelante.

Hubo un último caso donde ni siquiera llegué a conocerla. Y ella a mí tampoco, ya que usé una máscara para protegerme del tan temido rechazo que me había atormentado durante casi una década. Ahí aprendí que es mucho peor que te rechacen por quien no eres que por quien eres. Me prometí a mí mismo nunca más usar la careta. En el fondo, sabía que ella no era para mí. Aunque la verdad es que nunca lo sabré ya. No pude conocerla realmente ni ella a mí. Simplemente abandoné la causa por cansancio. Decidí seguir adelante, soltar y ser libre. No fue fácil, ella fue la razón por la que viajé a Colombia.

En el fondo, iba a buscar a esas mujeres porque “amaba lo viejo por sobre todo lo nuevo”. La nostalgia era mi motor y, al mismo tiempo, mi perdición. Tenía que vivir el presente. Y, al salir con mujeres jóvenes, ellas me mostraron una nueva forma de ver el mundo. Un mundo que nunca había conocido. Que siempre estuvo delante mío, pero que no pude ver ya que estaba mirando otros mundos. Vivir en la Argentina era un tema, debido al estúpido prejuicio de la diferencia de edad que impera allí por algún motivo. Por eso me fui. Era una sociedad que se jactaba de ser liberal cuando era más conservadora de lo que le gustaría admitir.

Recuerdo con gracia que cuando tenía tan solo dieciocho años, las mujeres me rechazaban por “pendejo”, y ahora lo hacían por “viejo”. Por supuesto, hoy comprendo que se trataba de un juego. Un artilugio que utilizaban para averiguar de qué estaba hecho. En el fondo, no les importaba. Aunque el prejuicio sí existía.

Estando fuera del país, conocí a una persona maravillosa con quien hoy actualmente comparto una extraordinaria relación. La primera que tengo, de hecho. Me siento feliz con ella. Puedo decir que por primera vez sé lo que es amar a alguien realmente. No un amor idealizado, sino un amor cotidiano. Me siento parte de un equipo avanzando por el camino de la vida. Y, sin importar las diferencias culturales y de edad, avanzamos paso a paso, conociéndonos día a día un poco más. Sin prisa y sin pausa. Porque, en realidad, ninguna de esas cosas importa si dos personas están dispuestas a trabajar por un proyecto en común.

Me gusta estar afuera de Argentina. Y sí, encuentro en Colombia muchas cosas que me hacen sentirme en casa. No sé si mi cabeza esté allí, pero, sin duda, mi corazón lo está. Es una sociedad que se jacta de ser conservadora, aunque es más liberal de lo que le gustaría admitir. Sin duda existen prejuicios, pero no tantos. Cada cuanto la tentación de la nostalgia me lleva a preguntarme: “Qué hubiese pasado si…”. Si hubiese hecho tal cosa, si hubiese sabido tal otra. Me calmo diciendo: “Hice lo mejor que pude”, y perdono a esa persona que fui en el pasado. El pasado ya se ha ido, el futuro no es todavía. Ahora estamos liberados de ambos.

Cuando comencé a salir, a conocer mujeres al despertar del coma, me sentía forzado a mentir sobre mi experiencia y mi edad. Siempre decía veinticinco. La edad justa. Ni muy viejo ni muy joven. Las que tenían más de esa edad me sobraban jactándose de su experiencia y diciéndome: “Qué chiquito”, aunque a veces solo tenían veintiséis o veintisiete. Luego les revelaba mi verdadera edad y se quedaban atónitas. En el fondo, sabía que era parte del juego, pero el prejuicio se escondía detrás de él.

A las de menos de veinticinco solo les decía mi verdadera edad luego del sexo. Para ese entonces no les importaba. O tal vez sí, pero el objetivo ya estaba logrado. Estúpidos prejuicios de una sociedad inmadura. ¿Tanto cambia el valor de una persona por tan solo un número? En el caso de estas chicas me sentía obligado a mentir sobre mi experiencia sexual y la edad en la que había debutado. Sentía vergüenza. Las nuevas generaciones vienen con más experiencia sexual de lo que a la comunidad de padres les gustaría admitir. Parte de la hipocresía de nuestra sociedad. Hoy me río de aquellas situaciones y de cómo me sentía.

Cuando me encontraba con una mujer mayor, a los veintisiete años, sentía que estaba siendo entrevistado para un trabajo. Me preguntaban sobre mi experiencia en otras relaciones, la cual era nula. Por supuesto, mentía. No te contratan si no tienes experiencia. Una verdadera estupidez, pero es algo que ocurre. En el fondo, las entiendo. No tienen tiempo que perder y tienen miedo. Se muestran arrogantes para compensar sus inseguridades. Si se mostraran vulnerables, atraerían al hombre que realmente buscan, pero su arrogancia solo atrae al que detestan. Eso las vuelve más agresivas y arrogantes. Un círculo vicioso. Pueden romper el círculo si se muestran vulnerables, tal cual son. Mostrando sus miedos. El hombre que las acepte lo haría por lo que son realmente, mientras que los que las rechacen, no importaría realmente.

Con el tiempo y la experiencia comencé a aceptar quien era. Comencé a estar orgulloso de quien era y, por ello, agradecía a mis experiencias pasadas por haberme convertido en la persona que soy. Ahora hablo con franqueza de quien soy, de quien fui. Me muestro vulnerable, consciente de que hay algunas personas que me aceptarán y otras que no. Si soy aceptado, seré aceptado tal cual soy, y eso me llena de dicha. No fue un camino fácil, pero le he dado un nuevo significado a mi pasado. Le he dado un propósito. Me ha convertido en quien soy ahora y seguiré avanzando. Me seguiré contando esa historia hasta que encuentre una mejor que contarme y seguiré avanzando sin prisa y sin pausa, viviendo el ahora que es lo único que hay.

Cada día más desconectados

Cada día más desconectados

Vivimos en una época extraña, donde la tecnología se ha convertido en una herramienta imprescindible para cada una de las actividades que realizamos. De alguna forma nos hemos convertido en una especie de seres cibernéticos, mitad hombre, mitad máquina. Al parecer, los aventurados profetas de la literatura de la ciencia ficción han dado en el clavo. Tal vez no en la forma distópica que ellos imaginaron, pero si en el concepto: la tecnología es ahora una extensión de nuestro ser. No solamente presenciamos extensiones artificiales de nuestro cuerpo orgánico, sino que también nos vislumbramos con la presencia de artefactos que se han convertido en una verdadera prolongación de nuestra vida social.

Uno de ellos son las tecnologías de las comunicaciones, las cuales han cambiado para siempre la forma en la que nos relacionamos con los otros. La distancia ya no es un obstáculo para las relaciones humanas, ya que podemos mantener contacto con personas de latitudes lejanas con un simple clic. Hoy en día existen programas que hacen posible comunicarnos oralmente, e incluso mediante imágenes, a través de nuestras computadoras y teléfonos celulares. Un deslumbramiento imposible de imaginar veinte años atrás. Con las nuevas maravillas de las telecomunicaciones y la aparición de la Internet, una nueva forma de comunicación se extendió de manera masiva: el chat o los mensajes de texto. Si bien el lenguaje escrito es algo que existe desde hace miles de años, la era moderna le otorgó un nuevo rol a dicha expresión del lenguaje. En cierta forma, resulta bastante paradójico que en la era de las comunicaciones intraplanetarias, donde las video-llamadas son cada día más accesibles y eficientes, se haya generalizado una forma de comunicación tan rudimentaria. No obstante, lo cierto es que sucedió: el chat es ahora un medio aceptado y generalizado de comunicación. Se ha convertido en una nueva forma de relacionarnos, para bien o para mal, con sus pros y sus contras.

Al principio solo era un medio que se utilizaba entre computadoras solitarias. Luego, con el apogeo de la Internet, su uso se generalizó y el lenguaje del texto mutó hacia una forma cada vez más compleja, adoptando su propia identidad. Esto nunca antes había sucedido en toda la historia de la humanidad, ya que, hasta ese entonces, el lenguaje escrito como medio de comunicación era usado en cartas y otros medios que aparecieron posteriormente, como lo fue el fax. Sin embargo, ahora es distinto, la dinámica del juego del texto se aceleró y comenzó a tomar una nueva forma mucho más compleja. Al generalizarse su uso, gracias a las redes sociales, fue necesario agregar un nuevo código y significados para darle mayor emocionalidad a los mensajes. Así fue como aparecieron los emoticonos. Éstos aumentaron la gama de interpretaciones posibles y expresiones para así mejorar la expresividad y claridad de un medio ya precario en términos comunicativos.

Finalmente, con los celulares de las nuevas generaciones, su uso se masificó a niveles cotidianos. Ya no solo se lo utilizaba para “hablar” con un primo ubicado en una locación lejana, sino que, a partir de ese momento, comenzó a ser usado también para comunicarse con alguien localizado, a veces, a solo metros de nuestra presencia, y aquí es donde surgió el problema. Somos seres gregarios y la comunicación está en nuestra esencia. Fuimos creados para interactuar con otros. Por eso podemos hablar, escuchar, ver y sentir. Nos comunicamos con palabras, con tonos de voz, con caricias, con golpes, con abrazos, con besos. En lo personal, necesito estar frente al otro para conectar. Si no es posible esto, aunque sea necesito escuchar una voz en tiempo real. El chat siempre me ha generado rechazo. Lo veo como un mal necesario. He aprendido sus mañas para sobrevivir, pero detesto sus designios. Soy consciente que una nueva generación lo utiliza como medio primario de comunicación y que la llamada telefónica puede ser considerada como un tabú mortal o como una invasión al espacio personal. Hoy en día las chicas te dan sus números celulares como si nada. En otra época, aquel número significaba algo, era algo valioso y difícil de obtener. Esto se perdió desde que existe la posibilidad de ignorar o bloquear a alguien. La indiferencia nunca tuvo un uso tan difundido como hoy en día. Y ese es el peor de los males.

La indiferencia es, por definición, lo opuesto a la empatía, a que te importe el otro. Incluso, si odias a alguien, es porque te importa. No es inocente ni es coincidencia que su uso se haya difundido tanto. Con el desarrollo de las redes de telecomunicaciones y las nuevas tecnologías, vivimos cada vez más desconectados de los otros. Se ha vuelto cada vez menos necesario interactuar en persona e incluso mediante una cálida conversación telefónica. Eso nos vuelve seres apáticos. ¿Realmente estamos más conectados o, por el contrario, estamos conectados al vacío? Nos sentimos tan solos que escondemos nuestra miseria pretendiendo que estamos rodeados de amistades y afectos al tener muchos amigos virtuales en nuestras redes sociales. Nos engañamos para sobrevivir. La soledad nos consumiría de no hacerlo.

El lenguaje del texto es un cómplice de esta conexión al vacío y es la que proporciona el contexto para hacer fluir la indiferencia y matar la empatía. El juego del texto nos aleja más de lo que nos conecta, no importa si intercambiamos diez o mil mensajes por día. También nos aleja de la realidad al crear imágenes irreales de aquellos con quienes intercambiamos mensajes. Como no escuchamos un tono de voz y no vemos la expresividad de un rostro, no tenemos otra opción que imaginarlo. Sin embargo, al recrearlo, no podemos dejar de utilizar nuestros juicios y, por ello, terminamos por recrear imágenes y voces que reflejan nuestra visión del mundo. El mensaje ya no es producto del emisor, sino producto del receptor, ya que es él quien determina el significado a partir de las creencias que definen su realidad. Entonces allí aparecen los malos entendidos, que se retroalimentan cada vez que un mensaje es enviado al repetirse el proceso de interpretación autorreferencial.

La comunicación humana ya es bastante compleja debido a la subjetividad individual para que la hagamos aún más complicada con un medio de comunicación precario que, gracias al contexto tecnológico y social, nos aleja más de lo que nos acerca. ¿No sería lindo hablar por teléfono o tener una cálida charla siendo acariciado por los abrasadores rayos de sol de una tarde virtuosa? ¿No sería maravilloso conocerse y conectar? Para eso estamos hechos, mediante la conexión con otros es que nuestra identidad se realiza y damos sentido a nuestra existencia.

Al principio de este escrito mencioné cómo la literatura de la ciencia ficción nos ha traído profecías sobre el porvenir. Muchas de ellas aún no se han cumplido y, por su naturaleza distópica, espero que se trate tan solo de advertencias. Finalizo parafraseando una obra de ciencia ficción que nos advierte sobre los peligros de las tendencias que he descrito. Está en nosotros que tan solo sea una advertencia y no una profecía:

“¿Quién realmente no está solo en esta sociedad que hemos construido? En el momento en el que el contacto con otros ha desaparecido perdemos nuestra identidad. En un mundo cubierto por estándares y medidas, la comunidad ya no es necesaria y el uso de esta palabra es bastardeada una y otra vez al hablar de comunidades virtuales. Precisamente, si son virtuales es porque ya no son reales y, por lo tanto, han dejado de existir. Todos vivimos en nuestra pequeña celda. Todos estamos solos, todos estamos vacíos. Ya no necesitamos a los otros. Con tan solo las puntas de los dedos podemos alcanzar cualquier distracción, cualquier placer, cualquier objeto, cualquier tecnología. Y las relaciones se pueden remplazar con una simple búsqueda y un clic”[1].

[1] Extraído de Psycho Pass (2012).

¿Porque es difícil conseguir pareja en Argentina?

¿Porque es difícil conseguir pareja en Argentina?

Dicen que quien ama lo profundo ama la máscara. La verdad nunca llegué a entender el significado de esa frase. Mi interpretación es la siguiente: quien tiene una agitada y compleja vida interior necesita ponerse un antifaz a la hora de relacionarse con otros en sociedad para poder encajar, para poder estar acompañado y así evitar la tan temida soledad. En el fondo todos somos complejos y usamos la careta para protegernos.

Pero, ¿qué es una máscara? Es una coraza que nos ponemos para evitar mostrarnos vulnerables. Es fácil quitarse la ropa, pero mostrarse tal cual es uno y desnudar el alma frente a otro es una de las cosas más difíciles que un ser humano puede hacer. ¿Por qué motivo le cuesta? No es fácil sentirse vulnerable. El famoso “sé tú mismo” es el mayor de los desafíos. Sobre todo si no sabes quién eres.

Cuando queremos acercarnos a una atractiva mujer preferimos usar la máscara que desnudar nuestra esencia. El miedo al rechazo nos paraliza. El no ser aceptados nos agarrota. Es humano querer pertenecer, ser parte de algo y sentirse aceptado por nuestros pares. Somos seres gregarios y el sentido de pertenencia es una necesidad casi instintiva. Los expertos en publicidad, marketing y psicología social lo saben. De hecho, lo han sabido desde tiempos inmemoriales, y lo usan una y otra vez para manipularnos. Los ejemplos son infinitos.

Hoy quiero desnudar mi alma y compartir mi experiencia acerca de las máscaras que he usado y de cómo decidí gradualmente dejar de utilizarlas. Escribir sobre esto es mi forma de liberarme.

Durante mi adolescencia, fui un personaje, usé la máscara de un payaso. Hacía reír a la gente y me comportaba de forma histriónica. Todos me decían: “Eres un personaje”. En el fondo lo odiaba. No era una persona, era un ente abstracto. Lo paradójico fue que me sentía más cómodo usando esa careta que siendo realmente yo mismo. Porque la verdad no sabía quién era. No me conocía.

Jamás me había hecho las preguntas mágicas: ¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Qué me apasiona? ¿Qué puedo hacer para obtener lo que quiero? ¿Para qué me levanto cada mañana? ¿Cuál es mi propósito? Es más fácil vagar por la vida sin dirección que responder a estas preguntas. Es más fácil dejar que el río te lleve que nadar hacia dónde quieres ir realmente, incluso aunque sea contra la corriente.

Más allá de mis logros profesionales, me sentía solo. Nunca había estado en pareja, ni de novio. Apenas salía y prácticamente no conocía demasiadas mujeres. Tenía amigas de la universidad, lo que para mí era un avance si lo comparaba con mis tiempos de adolescente. Yo sentía que ellas solo me utilizaban para elevar sus frágiles egos. No les atraía, solo me querían como “amigo”. Para mí, en aquel entonces, era un intercambio justo, ya que, por primera vez, me relacionaba de alguna forma con el otro sexo.

El tiempo pasaba y nada sucedía. Me encontraba en soledad. Mis acercamientos a las chicas que me atraían eran infructuosos. No generaba atracción y sufría por dentro. La soledad y la tristeza eran un campo fértil para que creciera la semilla del rencor y la depresión. Creía que el éxito profesional compensaría dicha falencia. Fue un error. Escribí un cuento corto, sintetizando cómo me sentía en aquel entonces. Tal vez leyéndolo, aunque no hayas pasado por lo mismo, puedas ponerte en mi lugar.

Un día me desperté y tenía veintiocho años. Los últimos diez años parecían un sueño que apenas podía recordar. Sentí que tenía dieciocho y que me había despertado luego de un coma que había durado una década. La depresión y la bronca habían crecido. No es fácil ser hombre y vivir en la Argentina. La cultura del “chamuyo” y de la seducción frívola había hecho de nuestra sociedad un baile de máscaras. No sé cómo ni cuándo la música había comenzado a tocar. Tal vez fue al compás de una tarantela a principios del siglo veinte, al llegar los inmigrantes italianos a las orilla del Río de la Plata. Pocas mujeres y hombres osados, pícaros y lanzados podrían haber sido una explicación del fenómeno.

Ahora teníamos una sociedad de mujeres que estaban siempre a la defensiva. Desconfiadas de las dulces palabras pronunciadas por los hombres. Usaban la máscara del cinismo y la irreverencia. Provocaban con sarcasmo e insultos a los hombres para poner su temple a prueba y ver de qué estaban hechos. Repiten una y otra vez que odian a estos “chamuyeros” pronunciadores de palabras melosas y poseedores de pícaro humor, no obstante, en el fondo, responden a eso. Cuando me acercaba como un novato para hablar con una de ellas, era el frío de la indiferencia y la acidez del sarcasmo lo que recibía. No conocía las reglas del juego y lo tomaba personal. El resentimiento crecía.

Al despertar del coma, decidí cambiar mi situación y hacer algo al respecto. Hasta ese entonces solo había tenido intimidad con no más de cinco mujeres y no había estado en ninguna relación ni había experimentado la convivencia. Ninguna de ellas me había atraído, sin embargo, se trataba de elegir entre aquello que no me atraía o soportar el hambre provocada por la libido. Igualmente, no establecí relación alguna con ninguna de ellas. Era demasiado orgulloso para estar con alguien que no me atrajese físicamente. Prefería la soledad por más dolorosa que fuera.

Fue allí cuando decidí comenzar a usar una nueva máscara y unirme al baile. El antifaz de la arrogancia, de la seguridad, de la irreverencia y del sarcasmo. La careta del “chamuyero”, como se lo llama en Argentina. Para mí era todo un mundo nuevo. No conocía el juego ni sus crueles y particulares reglas. En Argentina se utiliza la palabra “pendeja” para referirse a una mujer joven, inmadura e irreverente de no más de veintitrés años. Cuando tenía esa edad, ni siquiera sabía de su existencia. Para mí era todo lo mismo, tanto una mujer de veinte como de treinta.

Usar la máscara del “chamuyero” significaba mentir en algunos aspectos, ser arrogante y utilizar el humor en forma provocativa. Esa era la forma de lidiar con la máscara del sarcasmo, el cinismo y la indiferencia que utilizaban las mujeres. Ahora sé que no era su culpa actuar así. Usaban ese antifaz para protegerse, para evitar mostrarse vulnerables. Desde pequeñas habían aprendido a desconfiar de las palabras de los hombres. Es casi una tradición en las escuelas secundarias que los alumnos de los últimos años utilicen las más dulces mentiras para tener sexo con las mujeres del primer año.

Jóvenes, poco experimentadas e ingenuas caen bajo los más simples encantos. Luego aprenden a desconfiar, aprenden que las palabras no son sinceras, sino un instrumento para alcanzar un fin. El baile ha comenzado. Luego de unos años, desarrollan un escudo para protegerse, para evitar mostrarse vulnerables nuevamente y así evitar sufrir a causa de ello.

Ahora los hombres deben desarrollar técnicas más complejas para penetrar ese escudo y, al lograrlo y decepcionarlas nuevamente, el escudo se vuelve más fuerte. Como la relación entre las bacterias y los antibióticos, en el largo plazo tenemos un espiral de cinismo y desconfianza que crece día a día. Una danza macabra y triste marcada por el compás del resentimiento.

Lo peor de todo es que la mayoría de los hombres no usan en un principio esa máscara y, de hecho, son genuinos en sus intenciones, pero, gracias a esos pocos que desde las eras del colegio secundario se aprovecharon de la ingenuidad y desataron el círculo vicioso que encendió la música, el hombre con buenas intenciones queda fuera del baile.

Ahora la mayoría de los hombres tienen opciones limitadas: usar la máscara o estar en soledad, ya sea solo o en pareja, con una mujer que no les atrae. La autoestima cae, la tristeza aparece y la posibilidad de estar con una mujer que realmente les gusta se va desvaneciendo al escribirse en la mente las creencias más limitantes. La felicidad es atractiva y la depresión repele. Otro círculo vicioso comienza.

Sus amigas le dicen “sé tú mismo”, ya que, según ellas, ese es el secreto para conquistar a una mujer. Eso sí, a otra mujer, no a ellas. Ellas le dicen que “lo quieren como amigo”, que “es un buen chico pero…” y/o que “tienen una amiga para presentarle” (normalmente no muy atractiva y con una autoestima tan baja como la de él). Y aquí aparece el dilema: solo o con la amiga fea. Ella también tiene el mismo dilema. En la mayoría de los casos ambos ceden y así tenemos tantas parejas que recorren el camino de la vida juntos, pero en triste miseria y soledad. No están donde quieren estar ni con quien quieren estar. Sufren la fatalidad de la incongruencia que existe entre sus acciones y sus aspiraciones. Y luego vienen los hijos y el divorcio. Y se encuentran donde empezaron, saliendo de un coma.

Este no fue mi caso, por suerte. Era demasiado orgulloso para ceder ante la presión de la soledad. Seguía insistiendo, pero era rechazado u objetivado y cosificado bajo la figura del amigo, o como una persona que conocí me dijo cruelmente una vez, un “subchongo”. La figura del “chongo” en la Argentina se refiere, precisamente, al hombre que la mujer usa para satisfacer sus deseos sexuales sin involucrarse con él. Es un vocablo muy utilizado por mujeres profesionales de más de veinticinco años que son el resultado de la cultura feminista de los noventa que arruinó a una generación de mujeres. En nombre de la igualdad, les enseñaron que debían actuar como hombres. Pero no como cualquier hombre, sino como aquel que tanto odiaban: ese que utilizaba los artilugios del lenguaje para seducirlas y llevarlas a la cama. Ese hombre que usaban para repetir la frase: “Todos los hombres son iguales”, sin darse cuenta que siempre salían con los mismos. La serie de televisión Sex and the city (representación cultural de estos valores nauseabundos) le pudrió el cerebro a miles de mujeres, arruinándoles la vida no solo a las susodichas, sino también a los hombres que genuinamente querían estar con ellas.

Ahora están solas, tienen casi cuarenta y siguen recorriendo los bares de Buenos Aires en busca de cariño, aunque no lo admiten. Se esconden tras la máscara de la arrogancia. Actúan como superadas y tienen una actitud sobradora. Están a la defensiva y tienen motivos. Van a los bares, los lugares más equivocados donde jamás encontrarán lo que buscan. Allí, por el contrario, encontrarán al hombre del que se quejan constantemente. Ese hombre cínico que odia a las mujeres porque fue rechazado por ellas toda su vida. No sabía jugar el juego. No supo bailar la danza de las máscaras. Su antifaz no fue lo suficientemente efectivo. Ahora sufre en soledad y vaga por la noche mostrando una falsa seguridad. Desprecia a las mujeres. Las acusa de su miseria y las considera seres viles. En el fondo, busca aceptación y cariño. Pero es tarde, muy tarde. Está demasiado orgulloso para admitirlo. Ellas lo odian, pero igual se acostarán con él para hacer cumplir su profecía de que “son todos iguales”. Se vanaglorian de sus “chongos”, sin embargo, en el fondo, sufren en soledad. Se muestran seguras, aunque estén temblando de miedo. Parecen felices, pero se sienten miserables. Ellos hacen lo mismo.

Por eso ya no voy a los bares, estos hombres y mujeres me producen una mezcla de repulsión y tristeza. No quieren ser ayudados, son demasiado orgullosos o, en el peor de los casos, se victimizan. Para pedir ayuda hay que tocar fondo como lo hace un alcohólico. Al hacerlo, nos damos cuenta lo mal que estamos. Pero cuando la miseria no se hace evidente, el proceso de llegar a lo más bajo se vuelve un accidente de auto en cámara lenta. Jamás llega el momento de quiebre y la degradación es lenta y silenciosa.

“Una cosa lleva a la otra. Un hombre tiene una debilidad, un defecto, es imperfecto. Ese defecto le hace sentir culpable. La culpabilidad le hace sentir vergüenza. La vergüenza se compensa con orgullo, arrogancia y vanidad. Y cuando el orgullo falla, la desesperación asume el control y ésta lo lleva a su destrucción. La cuál será su destino. Algo tiene que detener este flujo”[1].

La música debe parar. Debemos tener el valor de quitarnos las máscaras y mirarnos a los ojos. Desnudar nuestras almas. Yo estoy cansado de usar el antifaz. Ya no la necesito. Sé quién soy y por ello prefiero ser rechazado por lo que soy en vez de por lo que no soy. No soy un gran seductor, pero pasé de ser un inadaptado a ser una persona atractiva que ahora tiene un nivel decente de “chamuyo”. No necesito más. Me junto con quienes me aceptan como soy y con quienes se atreven a bailar sin máscaras.

Tuve que irme a otro país, a otra cultura donde el antifaz no se usa tanto. Las mujeres desconfían de mí cuando uso la máscara de argentino. No necesito usarla. Me la quito y me muestro como soy. Es cierto que en la tierra de los ciegos el tuerto es rey, pero no me interesa la realeza. Quiero estar con una mujer que comparta mis pasiones, con la que pueda emprender un proyecto de vida, a quien pueda guiar y apoyar y, al mismo tiempo, que pueda guiarme y cuidarme, que crea en mí. Ese soy yo. Siempre fui yo, detrás de la máscara que se deshace. Le agradezco al antifaz antes de quitármelo por todo lo que me ha enseñado. Es parte de mí ahora, parte de mi historia, sin embargo, en esta etapa debo continuar con el rostro descubierto. Me siento libre por primera vez en veinte años. Siento la frescura del aire puro que respiro y que me llena de energía y alegría.

[1] Extraído de la película “Ink” (2009).

El secreto para comenzar una buena relación

El secreto para comenzar una buena relación

Al comenzar una conversación con un extraño hay algo muy importante que debes saber y que, de no tenerlo en cuenta, podrías perder muchos puntos de entrada ¿Sabés cuál es el gran secreto para caerle bien alguien?

Recordando su nombre…

Sí, parece una idiotez. Y seguro que lo leíste en algún libro pero ¿Alguna vez pensaste que casi siempre olvidás los nombres? Incluso te pasa unos segundos después de que la persona te lo dice…Simplemente te lo olvidás.

Este detalle, que parece insignificante, es clave.

El truco es siempre destacarse por sobre el resto.

Si todos olvidan los nombres y vos sos uno de los pocos que los recuerdan, tendrás una enorme ventaja social.

La gente pensará: “se acuerda de mi nombre, soy lo suficientemente importante para él o ella”.  ¿Se entiende? El diablo está en los detalles y esto siempre pondrá al otro de buen humor y con la mejor predisposición.

Ahora bien, me decís que siempre te olvidás los nombres. Un truco para que no te pase es el siguiente:

Cuando alguien te saluda y diga su nombre haz esto:

– Hola mi nombre es Carlos.

– Mucho gusto Carlos. No puedo creer que te llamés Carlos. Tengo un amigo que se llama Carlos. Es un nombre bastante celebre. ¿Lo conocés a Carlos Tevez? ¿Jugás al fútbol?

Como verás, al repetirlo varias veces ya será difícil que se nos olvide en el corto plazo. Y lo mejor es que al haberlo relacionado con alguien a quién conocemos y con un famoso, nos aseguraremos de que tampoco lo olivaremos en el largo plazo.

Cuando pensemos en esta persona asociaremos su nombre con el jugador de futbol o con nuestro amigo. Es un truco simple pero eficaz.

La próxima vez que lo veamos le diremos con una calidad sonrisa:

“Carlos, ¿Cómo estás? El otro día vi un reportaje que le hicieron a tu tocayo, Carlitos Tevez, y me acordé de vos. ¿Cómo estuvo la semana?”

Al ver que lo recordás sentirá una enorme alegría. Esa sensación al escuchar nuestro nombre es sublime. También podés recordar el tema de conversación que habían tocado, o un detalle sobre su vida sobre el que puedas preguntar:

 “¿Se resolvió el problema en tu laburo?”

Sé que a veces es difícil recordar tantos datos. Por eso podemos usar el Excel para anotar los detalles sobre cada persona para ganarnos su confianza: hobbies, cumpleaños, pasiones, gustos. Todo suma y todo vale a la hora de generar empatía y conexión.

Luego te diré otras formas más efectivas de lograrlo.

Abrazo gol

Adrián Des Champs

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Tomá acción, de lo contrario las cosas no suceden. Hacé que las cosas pasen. Sé el amo de tu destino y capitán de tu alma.

Como mejorar tu vida social

Como mejorar tu vida social

Hoy quiero darte un consejo increíble para mejorar tu vida social.

El primer paso para incrementar tu vida social es…¡Salir! Conocer el mundo. Hay un mundo allá afuera, más allá de las frías redes sociales.

Sí, podemos conocer gente a través de las redes sociales pero ¿No es más lindo hacerlo en persona? Hacerlo de esa forma nos obliga a movernos y nos llena de energía. Eso cambia nuestro estado de ánimo. Nos pone en “modo sociable” y de buen humor. La gente buena onda genera confianza, incluso es más atractiva que el resto.

LA CLAVE

Te propongo el siguiente ejercicio: entrá a la Internet y busca en universidades y centros culturales eventos y actividades gratuitas. La idea, por ahora, es no gastar dinero. Más adelante te voy a enseñar cómo invertir en tu vida social para generar retornos monetarios pero, por ahora, empecemos con lo más sencillo.

Crea un archivo Excel anotando todos los eventos del próximo mes, ya sean charlas, seminarios, conciertos, exposiciones, etc…No importa el tema, lo importante es ir y hablar con nuevas personas. De paso, podés aprender sobre nuevos temas.

Seguro podrás objetar: “¿Para qué mierda me sirve ir a una charla sobre apicultura?” Bueno, sacando el obvio beneficio de conocer nuevas personas, conocer sobre un nuevo tema te puede abrir muchas puertas.

Es a través de puntos en común que generamos complicidad con las personas y, gracias a eso podemos forjar vínculos de largo plazo. A su vez, eso nos puede llevar a conocer nuevos socios, nuevos clientes o a conseguir trabajo y, porque no, una pareja.

Imaginá que hablás con un importante CEO o un reconocido influencer y su pasión son las abejas y la miel…Ahí sería útil algo de ese conocimiento ¿No creés?

A veces son los temas más bizarros los que nos ayudan a conectar. Igualmente, para forjar un contacto sólidos hay que hacer otras cosas que te diré luego. Pero lo primero es empezar.

Ve a todos los eventos que puedas y comienza a conversar con todo el mundo. Después, guarda los contactos (ya sean teléfonos, mails o redes sociales). La idea es que, en otra hoja del mismo archivo Excel, crees una lista de contactos: nombre, celular, profesión, lugar donde lo conocí, lugar donde trabaja. Este es el primer paso para construir una red.

¿Te cuesta interactuar o romper el hielo? ¿No sabés como consolidad esos contactos? Ya llegaremos a eso, primero lo primero. Luego también te daré unos consejos sobre a qué lugares te conviene ir más.

Abrazo gol

Adrián Des Champs

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Taller de Habilidades Sociales

Taller de Habilidades Sociales

 

¿DONDE CONOCER PERSONAS?
¿Querés tener más amigos/as y no sabés dónde conocer nuevas personas?

¿Comenzaste alguna vez una conversación en la calle con un extraño? ¿Y qué tal en la cola de un banco? ¿O en el subte? ¿O en el colectivo?

¿Te parece raro hacerlo? ¿Quién dice que es raro? Estamos hechos para socializar y para empatizar con lo demás. Entonces ¿Qué te lo impide? ¿El miedo? ¿Miedo a qué? ¿Qué es lo peor que puede pasar?

Entiendo que hay casos y lugares en donde deben hacerse algunas consideraciones pero, en la mayoría de los casos, se puede generar empatía con cualquier persona en cualquier lado.

Ya sé, sos tímido/a. Pero tengo una buena noticia: la timidez es algo que se trabaja. Se puede aprender a ser un/a “cara dura” y a perder esa molesta vergüenza.

Pensá que cuanto más personas conocés mayores son las chances de:

  • Hacer contactos
  • Conseguir trabajo
  • Hacer amigos
  • Encontrar parejas
  • Hallar socios
  • Construir una cartera de clientes
  • Tener un grupo de pertenencia
  • Y mucho más…

Los importante, por supuesto, es que esos vínculos sean duraderos. No se trata de manipular. Se trata de crear capital social, de construir una red de vínculos, una red de contención.
Crear vínculos sólidos también es un arte pero vamos por partes como diría Jack…Si te cuesta socializar es difícil crear vínculos…

Primero hay que aprender a conocer gente y eso es lo que vas a aprender en nuestros seminarios.
Conseguí contactos, amigos, parejas, grupos de pertenencia utilizando técnicas de dinámica e ingeniería social . Dejá que el mundo se abra a las posibilidades.

El Sábado 13 de octubre realizaremos un jornada sobre habilidades sociales.

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