¿Porque es difícil conseguir pareja en Argentina?

¿Porque es difícil conseguir pareja en Argentina?

Dicen que quien ama lo profundo ama la máscara. La verdad nunca llegué a entender el significado de esa frase. Mi interpretación es la siguiente: quien tiene una agitada y compleja vida interior necesita ponerse un antifaz a la hora de relacionarse con otros en sociedad para poder encajar, para poder estar acompañado y así evitar la tan temida soledad. En el fondo todos somos complejos y usamos la careta para protegernos.

Pero, ¿qué es una máscara? Es una coraza que nos ponemos para evitar mostrarnos vulnerables. Es fácil quitarse la ropa, pero mostrarse tal cual es uno y desnudar el alma frente a otro es una de las cosas más difíciles que un ser humano puede hacer. ¿Por qué motivo le cuesta? No es fácil sentirse vulnerable. El famoso “sé tú mismo” es el mayor de los desafíos. Sobre todo si no sabes quién eres.

Cuando queremos acercarnos a una atractiva mujer preferimos usar la máscara que desnudar nuestra esencia. El miedo al rechazo nos paraliza. El no ser aceptados nos agarrota. Es humano querer pertenecer, ser parte de algo y sentirse aceptado por nuestros pares. Somos seres gregarios y el sentido de pertenencia es una necesidad casi instintiva. Los expertos en publicidad, marketing y psicología social lo saben. De hecho, lo han sabido desde tiempos inmemoriales, y lo usan una y otra vez para manipularnos. Los ejemplos son infinitos.

Hoy quiero desnudar mi alma y compartir mi experiencia acerca de las máscaras que he usado y de cómo decidí gradualmente dejar de utilizarlas. Escribir sobre esto es mi forma de liberarme.

Durante mi adolescencia, fui un personaje, usé la máscara de un payaso. Hacía reír a la gente y me comportaba de forma histriónica. Todos me decían: “Eres un personaje”. En el fondo lo odiaba. No era una persona, era un ente abstracto. Lo paradójico fue que me sentía más cómodo usando esa careta que siendo realmente yo mismo. Porque la verdad no sabía quién era. No me conocía.

Jamás me había hecho las preguntas mágicas: ¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Qué me apasiona? ¿Qué puedo hacer para obtener lo que quiero? ¿Para qué me levanto cada mañana? ¿Cuál es mi propósito? Es más fácil vagar por la vida sin dirección que responder a estas preguntas. Es más fácil dejar que el río te lleve que nadar hacia dónde quieres ir realmente, incluso aunque sea contra la corriente.

Más allá de mis logros profesionales, me sentía solo. Nunca había estado en pareja, ni de novio. Apenas salía y prácticamente no conocía demasiadas mujeres. Tenía amigas de la universidad, lo que para mí era un avance si lo comparaba con mis tiempos de adolescente. Yo sentía que ellas solo me utilizaban para elevar sus frágiles egos. No les atraía, solo me querían como “amigo”. Para mí, en aquel entonces, era un intercambio justo, ya que, por primera vez, me relacionaba de alguna forma con el otro sexo.

El tiempo pasaba y nada sucedía. Me encontraba en soledad. Mis acercamientos a las chicas que me atraían eran infructuosos. No generaba atracción y sufría por dentro. La soledad y la tristeza eran un campo fértil para que creciera la semilla del rencor y la depresión. Creía que el éxito profesional compensaría dicha falencia. Fue un error. Escribí un cuento corto, sintetizando cómo me sentía en aquel entonces. Tal vez leyéndolo, aunque no hayas pasado por lo mismo, puedas ponerte en mi lugar.

Un día me desperté y tenía veintiocho años. Los últimos diez años parecían un sueño que apenas podía recordar. Sentí que tenía dieciocho y que me había despertado luego de un coma que había durado una década. La depresión y la bronca habían crecido. No es fácil ser hombre y vivir en la Argentina. La cultura del “chamuyo” y de la seducción frívola había hecho de nuestra sociedad un baile de máscaras. No sé cómo ni cuándo la música había comenzado a tocar. Tal vez fue al compás de una tarantela a principios del siglo veinte, al llegar los inmigrantes italianos a las orilla del Río de la Plata. Pocas mujeres y hombres osados, pícaros y lanzados podrían haber sido una explicación del fenómeno.

Ahora teníamos una sociedad de mujeres que estaban siempre a la defensiva. Desconfiadas de las dulces palabras pronunciadas por los hombres. Usaban la máscara del cinismo y la irreverencia. Provocaban con sarcasmo e insultos a los hombres para poner su temple a prueba y ver de qué estaban hechos. Repiten una y otra vez que odian a estos “chamuyeros” pronunciadores de palabras melosas y poseedores de pícaro humor, no obstante, en el fondo, responden a eso. Cuando me acercaba como un novato para hablar con una de ellas, era el frío de la indiferencia y la acidez del sarcasmo lo que recibía. No conocía las reglas del juego y lo tomaba personal. El resentimiento crecía.

Al despertar del coma, decidí cambiar mi situación y hacer algo al respecto. Hasta ese entonces solo había tenido intimidad con no más de cinco mujeres y no había estado en ninguna relación ni había experimentado la convivencia. Ninguna de ellas me había atraído, sin embargo, se trataba de elegir entre aquello que no me atraía o soportar el hambre provocada por la libido. Igualmente, no establecí relación alguna con ninguna de ellas. Era demasiado orgulloso para estar con alguien que no me atrajese físicamente. Prefería la soledad por más dolorosa que fuera.

Fue allí cuando decidí comenzar a usar una nueva máscara y unirme al baile. El antifaz de la arrogancia, de la seguridad, de la irreverencia y del sarcasmo. La careta del “chamuyero”, como se lo llama en Argentina. Para mí era todo un mundo nuevo. No conocía el juego ni sus crueles y particulares reglas. En Argentina se utiliza la palabra “pendeja” para referirse a una mujer joven, inmadura e irreverente de no más de veintitrés años. Cuando tenía esa edad, ni siquiera sabía de su existencia. Para mí era todo lo mismo, tanto una mujer de veinte como de treinta.

Usar la máscara del “chamuyero” significaba mentir en algunos aspectos, ser arrogante y utilizar el humor en forma provocativa. Esa era la forma de lidiar con la máscara del sarcasmo, el cinismo y la indiferencia que utilizaban las mujeres. Ahora sé que no era su culpa actuar así. Usaban ese antifaz para protegerse, para evitar mostrarse vulnerables. Desde pequeñas habían aprendido a desconfiar de las palabras de los hombres. Es casi una tradición en las escuelas secundarias que los alumnos de los últimos años utilicen las más dulces mentiras para tener sexo con las mujeres del primer año.

Jóvenes, poco experimentadas e ingenuas caen bajo los más simples encantos. Luego aprenden a desconfiar, aprenden que las palabras no son sinceras, sino un instrumento para alcanzar un fin. El baile ha comenzado. Luego de unos años, desarrollan un escudo para protegerse, para evitar mostrarse vulnerables nuevamente y así evitar sufrir a causa de ello.

Ahora los hombres deben desarrollar técnicas más complejas para penetrar ese escudo y, al lograrlo y decepcionarlas nuevamente, el escudo se vuelve más fuerte. Como la relación entre las bacterias y los antibióticos, en el largo plazo tenemos un espiral de cinismo y desconfianza que crece día a día. Una danza macabra y triste marcada por el compás del resentimiento.

Lo peor de todo es que la mayoría de los hombres no usan en un principio esa máscara y, de hecho, son genuinos en sus intenciones, pero, gracias a esos pocos que desde las eras del colegio secundario se aprovecharon de la ingenuidad y desataron el círculo vicioso que encendió la música, el hombre con buenas intenciones queda fuera del baile.

Ahora la mayoría de los hombres tienen opciones limitadas: usar la máscara o estar en soledad, ya sea solo o en pareja, con una mujer que no les atrae. La autoestima cae, la tristeza aparece y la posibilidad de estar con una mujer que realmente les gusta se va desvaneciendo al escribirse en la mente las creencias más limitantes. La felicidad es atractiva y la depresión repele. Otro círculo vicioso comienza.

Sus amigas le dicen “sé tú mismo”, ya que, según ellas, ese es el secreto para conquistar a una mujer. Eso sí, a otra mujer, no a ellas. Ellas le dicen que “lo quieren como amigo”, que “es un buen chico pero…” y/o que “tienen una amiga para presentarle” (normalmente no muy atractiva y con una autoestima tan baja como la de él). Y aquí aparece el dilema: solo o con la amiga fea. Ella también tiene el mismo dilema. En la mayoría de los casos ambos ceden y así tenemos tantas parejas que recorren el camino de la vida juntos, pero en triste miseria y soledad. No están donde quieren estar ni con quien quieren estar. Sufren la fatalidad de la incongruencia que existe entre sus acciones y sus aspiraciones. Y luego vienen los hijos y el divorcio. Y se encuentran donde empezaron, saliendo de un coma.

Este no fue mi caso, por suerte. Era demasiado orgulloso para ceder ante la presión de la soledad. Seguía insistiendo, pero era rechazado u objetivado y cosificado bajo la figura del amigo, o como una persona que conocí me dijo cruelmente una vez, un “subchongo”. La figura del “chongo” en la Argentina se refiere, precisamente, al hombre que la mujer usa para satisfacer sus deseos sexuales sin involucrarse con él. Es un vocablo muy utilizado por mujeres profesionales de más de veinticinco años que son el resultado de la cultura feminista de los noventa que arruinó a una generación de mujeres. En nombre de la igualdad, les enseñaron que debían actuar como hombres. Pero no como cualquier hombre, sino como aquel que tanto odiaban: ese que utilizaba los artilugios del lenguaje para seducirlas y llevarlas a la cama. Ese hombre que usaban para repetir la frase: “Todos los hombres son iguales”, sin darse cuenta que siempre salían con los mismos. La serie de televisión Sex and the city (representación cultural de estos valores nauseabundos) le pudrió el cerebro a miles de mujeres, arruinándoles la vida no solo a las susodichas, sino también a los hombres que genuinamente querían estar con ellas.

Ahora están solas, tienen casi cuarenta y siguen recorriendo los bares de Buenos Aires en busca de cariño, aunque no lo admiten. Se esconden tras la máscara de la arrogancia. Actúan como superadas y tienen una actitud sobradora. Están a la defensiva y tienen motivos. Van a los bares, los lugares más equivocados donde jamás encontrarán lo que buscan. Allí, por el contrario, encontrarán al hombre del que se quejan constantemente. Ese hombre cínico que odia a las mujeres porque fue rechazado por ellas toda su vida. No sabía jugar el juego. No supo bailar la danza de las máscaras. Su antifaz no fue lo suficientemente efectivo. Ahora sufre en soledad y vaga por la noche mostrando una falsa seguridad. Desprecia a las mujeres. Las acusa de su miseria y las considera seres viles. En el fondo, busca aceptación y cariño. Pero es tarde, muy tarde. Está demasiado orgulloso para admitirlo. Ellas lo odian, pero igual se acostarán con él para hacer cumplir su profecía de que “son todos iguales”. Se vanaglorian de sus “chongos”, sin embargo, en el fondo, sufren en soledad. Se muestran seguras, aunque estén temblando de miedo. Parecen felices, pero se sienten miserables. Ellos hacen lo mismo.

Por eso ya no voy a los bares, estos hombres y mujeres me producen una mezcla de repulsión y tristeza. No quieren ser ayudados, son demasiado orgullosos o, en el peor de los casos, se victimizan. Para pedir ayuda hay que tocar fondo como lo hace un alcohólico. Al hacerlo, nos damos cuenta lo mal que estamos. Pero cuando la miseria no se hace evidente, el proceso de llegar a lo más bajo se vuelve un accidente de auto en cámara lenta. Jamás llega el momento de quiebre y la degradación es lenta y silenciosa.

“Una cosa lleva a la otra. Un hombre tiene una debilidad, un defecto, es imperfecto. Ese defecto le hace sentir culpable. La culpabilidad le hace sentir vergüenza. La vergüenza se compensa con orgullo, arrogancia y vanidad. Y cuando el orgullo falla, la desesperación asume el control y ésta lo lleva a su destrucción. La cuál será su destino. Algo tiene que detener este flujo”[1].

La música debe parar. Debemos tener el valor de quitarnos las máscaras y mirarnos a los ojos. Desnudar nuestras almas. Yo estoy cansado de usar el antifaz. Ya no la necesito. Sé quién soy y por ello prefiero ser rechazado por lo que soy en vez de por lo que no soy. No soy un gran seductor, pero pasé de ser un inadaptado a ser una persona atractiva que ahora tiene un nivel decente de “chamuyo”. No necesito más. Me junto con quienes me aceptan como soy y con quienes se atreven a bailar sin máscaras.

Tuve que irme a otro país, a otra cultura donde el antifaz no se usa tanto. Las mujeres desconfían de mí cuando uso la máscara de argentino. No necesito usarla. Me la quito y me muestro como soy. Es cierto que en la tierra de los ciegos el tuerto es rey, pero no me interesa la realeza. Quiero estar con una mujer que comparta mis pasiones, con la que pueda emprender un proyecto de vida, a quien pueda guiar y apoyar y, al mismo tiempo, que pueda guiarme y cuidarme, que crea en mí. Ese soy yo. Siempre fui yo, detrás de la máscara que se deshace. Le agradezco al antifaz antes de quitármelo por todo lo que me ha enseñado. Es parte de mí ahora, parte de mi historia, sin embargo, en esta etapa debo continuar con el rostro descubierto. Me siento libre por primera vez en veinte años. Siento la frescura del aire puro que respiro y que me llena de energía y alegría.

[1] Extraído de la película “Ink” (2009).

¿Qué hacer cuando estás mal económicamente?

¿Qué hacer cuando estás mal económicamente?

Hay momento en los que estamos realmente mal a nivel profesional. Estamos desempleados o nuestra empresa u emprendimiento no rinde sus frutos.

Es normal sentir angustia en esos momentos. Es común deprimirse. Es más que comprensible buscar a quien culpar y maldecir a otro. Es humano.

Yo estuve así y sé cómo salir. Se requiere una serie de conocimientos y herramientas que te voy a detallar.

Pero antes…

Hay dos cosas que podemos hacer en ese momento: algo o nada. Sí, parece que te estuviera tomando el pelo ¿No? Para nada jamás lo haría. Lo que te quiero decir es que tenés dos opciones:

1) Quedarte en tu casa amargándote y juntando rencor.

2) Hacer algo, no importa qué, pero moverte.

Sí, ya se no sabés que hacer. Y no te digo que lo tengas que saber. Bueno, si sabés que hacer y tenés un plan adelante. No pierdas más tiempo y llévalo a la práctica.

Pero sé que puede pasar que no tengas ni puta idea que hacer y eso también es de lo más común del mundo en estas situaciones de mierda.

Y cuando digo que hagas algo me refiero a cualquier cosa. Bueno, no que te pongas a bailar desnudo en la calle cubierto de dulce de leche. No. Me refiero a salir y hablar con gente, frecuentar nuevos lugares, hacer contactos.

Digo, por ley de los grandes número con alguien te vas a cruzar que te pueda ayudar. Con cuánto más gente hables mayor será la posibilidad de que algo pase.

Además si te quedás en casa amargándote por la situación, es muy probable que te deprimas y tengas menos ganas de salir y hacer algo. Es un círculo vicioso. Los depresivos lo saben muy bien.

Por el contrario salir te da más ganas de salir. Es un círculo virtuoso. Salís, conoces gente. Tenés charlas interesantes y la pasas bien. Hasta quien sabe, tal vez terminás conociendo una pareja o teniendo sexo pasional, el cual libera muchas endorfinas.

Como sea, eso te da más ganas de seguir conociendo personas y eso te puede llevar a los ambientes más disímiles.

Y ahí va otro secreto: cuando más nuevos lugares frecuentes más variedad de personas vas a encontrar.

Normalmente nuestros problemas profesionales y laborales (incluso personales) se resolverían si fuésemos más creativos  a la hora de conocer nuevas personas y si frecuentáramos nuevos ambientes. La neurociencia ha demostrado que hacer nuevas actividades y frecuentar nuevos lugares activa partes del cerebro.

A veces la respuesta está en los lugares menos pensados con la gente menos pensada. Por otro lado, nuevas personas y ambientes variados nos dan como resultado charlas originales, lo que nos aporta nuevos enfoques.

Esa idea que estábamos buscando y no encontrábamos. El famoso QUE hacer y COMO hacerlo.

Igualmente, antes abordar QUE podemos hacer en cada situación y como llegar al objetivo de mejorar nuestra situación debemos cambiar nuestro estado de ánimo.

¿De qué te sirve que te enseñe las técnicas para que TE ofrezcan trabajo si las vas a cagar con tu actitud depresiva y de desesperado?

Empecemos por lo primero. Ok, toqué fondo ¿Y ahora qué?

En primer lugar no vayas rogando por un trabajo o ayuda financiera. Nadie va a ayudarte. La personas odian a la gente que pide dinero.

Fijate como tratan a los vagabundos y mendigos que vienen a pedir algo de plata. Casi nadie les da algo. Y aunque podrían darle una miseria, prefieren ignorarlos y no darles nada.

Y no te hagás el pelotudo, sé que lo hiciste alguna vez. Si ni siquiera vos mismo te darías plata ¿Por qué pensás que otra persona lo haría? ¡No te darías ni diez centavos! No sé si esos nos hace unos seres miserables o no, solo sé que así son las cosas. Acá discuto hechos, no ética.

En esas circunstancias hay que aguantar la desesperación. Sé que no es fácil pero hay que hacerlo.

Esto se aplica a todo los dominios de las relaciones humanas incluyendo a nivel profesional. La ley de los grandes números siempre ayuda.

Pero lo mejor que podes hacer es mejorar tus chances con las variables que sí podes controlar. Acotar la fortuna con tu virtud. Sí, como decía Nicolás Maquiavelo.

Podes tener una actitud de abundancia. Si lo sé. Sé que no es fácil. Pero es una forma de que las probabilidades jueguen a tu favor. Así podés aplicar las técnicas de ingeniería social con eficiencia.

Pero como te digo, antes que todo: la actitud. Veamos un par de trucos para cambiar esa mentalidad de escasez.

Cuando estas abajo solo podes subir.

Una de las cosas que he aprendido de estar realmente en la mierda es que cuando estás en esa situación, el número de personas que te rodea disminuye en forma llamativa.

Sí, te das cuenta que toda tu vida estuviste rodeado de soretes. Pero eso es bueno ¿Sabés porque?

Porque las personas que quedaron son las que te van a bancar en cualquier circunstancia. Era necesario tocar fondo para saber cuáles eran.

Tanto a nivel afectivo como profesional, ahora sabés que esas personas van estar ahí siempre. Aunque sean una o dos. Créeme no van a ser muchas.

Claro, todos quieren estar con vos cuando estás bien, cuando sos exitoso. Pero cuando estas hecho mierda…

Se agradecido.

Cuando finalmente salgas de esta situación, sé agradecido con quienes te ayudaron. Aunque sea con lo más simple. La ayuda a veces puede venir en forma de un gesto, una intención o simplemente por el hecho de haber estado ahí.

Es lo que yo llamo la lista blanca: ese grupo de gente que vale le pena conocer y que por fortuna has conocido. Cuando salgas del pozo, revisá esa lista y tenela presente por el resto de tu vida.

Pensá también que lo que sentís hacia ellos es lo que otras personas sentirán por vos si la situación fuera al revés. O sea, si alguien está mal, no hagas lo que hacen todos y ayudalo. Ponete creativo y pensá como les podes dar una mano.

Pensá que cuando él salga del pozo, sentirá un enorme agradecimiento y será una persona más con la que puedas contar cuando estés hecho mierda.

Sí, hay gente malagradecida pero mucha de la gente que ayudes sí va a estar dispuesta a darte una mano porque sabe lo que es estar en esa situación. Y sabe que fuiste el único que estuvo para él.

Ahora lo sabés…

Tocar fondo te permite encontrar a esas persona que realmente valen la pena. Pensá eso cuando te deprimas. Es lo mejor de la vida. La mayoría de las personas se la pasa toda la vida rodeado de hipócritas imbéciles y ni se dan cuenta. Darse cuenta de la gente valiosa que nos rodea es algo que te puede alegrar y sacar de la depresión. Los pensamientos controlan a las emociones.

Nuevo hábitos…

Estar corto de plata también te ayuda a estar consciente de lo mal que administras el dinero y de lo importante que es ahorrar. Y de cómo hacerlo eficientemente.

Estos hábitos que incorporás por necesidad se van a quedar con vos por el resto de tu vida. Y créeme cuando te digo que eso es lo mejor que te puede pasar.

Cuando tenés poco estas obligado a racionar los recursos, algo que nunca hiciste en tu puta vida. Sentite afortunado. Ese  es uno de los famosos hábitos de los ricos que leíste en los artículos de desarrollo personal pero que nunca aplicaste.

Bueno, no estoy acá para subirte el ánimo sino para decirte que hacer. Por supuesto ver el lado positivo de las cosas siempre ayuda pero vamos a ver QUE podemos hacer y COMO hacerlas.

Primero: sé más sociable

A ver, no te voy a andar diciendo la típica frase: “se sociable”, “hablá con más gente” sin explicarte que mierda significa exactamente. No solo significa hablar más sino, como dije al principio, quiere decir, conocer nuevos ambientes. De vuelta se trata de incorporar un hábito antes que nada.

Está bueno que te preguntes: ¿Que ámbitos no suelo frecuentar que pueden ayudarme a conocer gente de un determinado perfil? Por supuesto, la respuesta a esta pregunta depende de cual sea tu situación actual y lo que estés buscando a nivel profesional.

Los ambientes profesionales son una buena opción: congresos, universidades, charlas gratuitas.

En las universidades más prestigiosas hay eventos todo el tiempo. Sobre todos charlas gratuitas de especialistas. Es una buena oportunidad para conocer gente de tu ambiente. También para generar un contacto con los especialistas que dan la charla.

Igualmente no todo se trata de trabajo y lo profesional. A veces hay muestras de artes y conciertos gratuitos. Las actividades culturales suelen ser mejores de lo que crees. La gente está más relajada. En un evento profesional es esperable que las personas vayan a hacer contactos y tengan intenciones ocultas. En eventos recreativos la idea es divertirse. Los escudos están más bajos.

El arte de no desesperarse

Digamos que estas desempleado pero tenés algo de margen de maniobra. O sea tiene ahorros suficiente para sobrevivir unos meses. En primer lugar empezá a hacer de cuenta que no tenés tanto margen. Pensá que si realmente tuvieras un presupuesto de supervivencia para una semana serías muy cuidadoso con los gastos.

Haciendo estos extendés el período que contás para obtener un trabajo al mismo tiempo que incorporas el útil hábito de racionar los recursos. Además recordá que contar con más tiempo reduce las chances que eches a perder una situación por desesperación.

Si estás desesperado, muy probablemente, vayas a rogarle a cada persona que conozcas por un trabajo lo que hará que te miren con una sonrisa incomoda y te digan: “Si, te aviso si me entero de algo. Mandame tu CV.”

Todos los que hemos escuchado esa frase sabemos lo que significa. Como dije anteriormente: la gente odia a los que mendigan, ya sean por dinero o por trabajo. En el fondo creen que todo aquel que pide es un holgazán bueno para nada y no se merece el respeto de nadie.

Claro que esto para nada es verdad pero, como la creencia falsa de las clases altas de que “vivimos en una sociedad meritocrática” se ha expandido tanto, ahora todo el mundo la cree. Hasta el tipo que nació en una villa miseria rodeado de cloacas cree semejante estupidez. Y por supuesto esto no hace más que volver a la gente egoísta e individualista.

Por suerte no todas las personas se dejan influenciar por estos pensamientos estúpidos, aun así la mayoría de la gente reacciona con desprecio a quien pide ayuda. Y por eso los ignoran o les dicen que  les envíen su CV, así se lo sacan de encima. Así son las cosas así que trabajemos con eso.

Como sea, contando con un amplio margen para socializar podremos hacer que las personas nos conozcan más y sientan más empatía por nosotros. De esa forma ya no nos verán como un holgazán sino como un amigo o una persona cercana. Y como los seres humanos tenemos una predisposición natural para ayudar a los de nuestra propia tribu (y a discriminar a lo que no lo son) aumentaremos chances de que nos quieran dar una mano.

Pero recordá, la idea tiene que venir de la otra persona. Si el otro sospecha que le estás pidiendo algo, es muy probable que te mande al demonio. Hay que ser muy cuidadoso con esto. El más mínimo indicio de estar desesperado puede acabar con meses de inversión sociabilidad en una persona.

Lo repito: la idea es que la ayuda venga sin que la pidas. Tienes que despertar el genuino deseo del otro de ayudarte. Son muy pocas las personas que realmente estarán dispuestas a ayudarte desde el principio cuando se lo pides. Para ese entonces ya sabrás cuales son ya que son las únicas que te atienden el teléfono.

Además otra cosa: cuando ya llevas un tiempo socializando con una persona y el otro sospecha que tu verdadera intención era otra, se sentirá traicionado. Es como una chica que sospecha que un hombre solo quiere sexo. Se sentirá decepcionada.

Como sea, en este punto, esa persona te abandonará y te dejará a tu mejor suerte. Por eso es muy importante saber calibrar estas cosas y tener paciencia. Ya lo dije Benjamín Franklin: “Quien tiene paciencia tendrá lo que quiere”.

El Sábado 13 de octubre realizaremos una jornada sobre habilidades sociales.

Contáctate: aad1682@gmail.com

Como participar en grupos

Como participar en grupos

Hace muy poco un buen amigo planteó un tema que me pareció interesante. Una situación que seguro a muchos les pasa: como desenvolverte en un grupo.

A veces puedes ser muy sociable y muy hábil con interacciones individuales pero cuando llega la hora de estar en un grupo, de repente, no sabés que decir y, encima te sentís incómodo. Por eso elaboré la siguiente respuesta que creo que te puede servir:

A mí me sucedía lo mismo. Era bueno en las interacciones individuales y malo en las grupales. Luego descubrí cuál era realmente el problema.

No era que era malo en las grupales. Había muchos antecedentes en donde me había desenvuelto de forma magistral en ciertos grupos. Seguramente, si recordás situaciones que viviste a lo largo de tu vida, de seguro que hubo grupos en los que te desenvolviste mejor que en otros.

El problema fue que en algunos grupos me sentía más cómodo que en otros. Normalmente, la falta de integración grupal está asociada a una falta de afinidad. En primer lugar, tratá de pensar si te estás moviendo en la demografía poblacional en la que más te sentís a gusto. 

Sí, por supuesto, podés encontrar formas de integrarte a cualquier grupo como un ejercicio de sociabilidad y dinámica social sin embargo, a la larga, tenés que encontrar tu grupo de pertenencia. Imaginate un Otaku en un grupo de fanáticos del Metal Rock. Se sentiría como sapo de otro pozo.

Sí, podés hacer un esfuerzo para integrarte y para conocer los temas que une a ese grupo, así como sus códigos. Aun así, si vas a hacer semejante esfuerzo asegúrate que realmente seas afín a los gustos de dicho agrupamiento.

Podés  hacerlo como un experimento social si eso te apetece. Yo lo hice varias veces. Me sentaba con personas cuyos gustos distaban del mío y que apenas conocía para ver si podía integrarme y sentirme cómodo. Lo pude hacer. Es cuestión de escuchar y seguir atentamente las conversaciones para enganchar la “frecuencia” o “sintonía” del grupo y, una vez hecho eso, integrarse.

El problema es que esto cuesta, sobre todo si no prestás mucha atención porque te sentís aburrido o distante. Al no prestar atención, no te integras. Al no integrarte no prestás atención. Rompé el círculo escuchando y prestando atención, así vas entendiendo los códigos y podés empezar lentamente a aportar pequeños comentarios que sumen a la dinámica grupal. De menor a mayor. 

En una dinámica de mediano plazo, podés abordar individualmente a los miembros del grupo para generar un vínculo con cada uno de ellos. Al hacer eso, cuando estén todos juntos va hacer más fácil la interacción grupal. Igualmente, el objetivo es que encuentres tu demografía y sepas que te apasiona realmente. Algo que dudo que sepas realmente.

Luego de que le comentara lo anterior, mi amigo planteó un tema sobre el que también vale la pena hacer algunas aclaraciones:

“Otra cosa que noté es que no hay un momento o una pausa para poder empezar a hablar, para qué todos te escuchen. Imagino que tendré que interrumpir, generalmente los “alfa” hablan y los demás escuchan. Nadie me dirige la mirada esperando que hable o, si lo hago, es por periodos cortos”. Dijo él.

A lo que contesté:

“En primer lugar, el hecho de que me estés hablando de “alfas” y términos por el estilo, muy ridículos sacados de libros de desarrollo personal, me dan la pauta que estás adoptando el marco erróneo. Olvídate de esa mierda de los alfas y los betas y usa el sentido común. 

Como te dije, la cuestión no es hablar por hablar sino aportar algo y solo vas a sumar si estás escuchando atentamente de lo que se habla. Imaginate que se está hablando de Madonna y vos comenzás a hablar de futbol. Eso te hace un descalibrado. Si estás siguiendo la conversación seguro que en algún momento se te va a ocurrir algún comentario interesante, cómico e inteligente. 

No es el hecho de interrumpir para decir huevadas o mandarse la parte sino de aportar. A veces esos pequeños comentarios valen más que interminables discursos. Y no hables por hablar, hacelo si realmente sentís la necesidad de decir algo. No se trata de interrumpir sino de hablar cuando quieras hacerlo, independientemente de si interrumpas a alguien o no que es parte de una dinámica conversacional.

Sentido común: observa y escucha atentamente y vas a saber cuándo es el momento para aportar un delicioso comentario.”

Después otro amigo agregó algo muy interesante:

“Creo yo, que tienes dos alternativas. 

1 – Te quedás en el molde y seguís como estás ahora. 

No hace falta agregar comentarios forzados ni hablar boludeces en las charlas. No tenés que ser el bufón del grupo. De hecho, lo peor que podes hacer es forzarte a decir algo que en realidad no pensás, pero solo lo decís para complacer o quedar bien con los demás. 

Tampoco hace falta que seas el “líder” del grupo hablando todo el tiempo, no vas a ser más o menos “alfa” por esto. 

Acordate que: “Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras”.

2 – Intentás meterte en la movida esa. 

De a poquito empieza a soltarte más. Al principio tus comentarios  pueden llegar a romper el ambiente, pero no tengas miedo de eso. Siempre y cuando seas honesto con tus pensamientos, la gente va a responder de forma honesta también y te va a tratar como un igual. De a poquito vas a ser un poco más divertido”.

Finalizó con un comentario muy apropiado de un experto en dinámicas conversacionales:

“Yo sentía lo mismo durante un tiempo, y me di cuenta que simplemente no escuchaba a los demás. No podía seguirles la conversación ya que estaba muy preocupado pensando en algo ingenioso o chistoso que decir”. 

Algo parecido a la vieja paradoja de la meditación: estoy tan preocupado por vivir el presente que no puedo vivirlo.

Ahora podés decirle: “Pero no sé cómo iniciar una conversación, o como entrar a un grupo”, “o como hacer humor”.

Bueno, eso lo vamos a ver más adelante.

El Sábado 13 de octubre realizaremos una jornada sobre habilidades sociales.

Contáctate: aad1682@gmail.com

Cómo hablar de los demás

Cómo hablar de los demás

En un mundo donde la norma parece ser hablar mal de los demás e ir por ahí criticando a la gente ¿Porque no hacer exactamente lo opuesto que hace todo el mundo?

Habló de incorporar un hábito sagrado pero increíblemente útil: hablar bien del prójimo.

Eso mejorará muchísimo tu relación con los demás y, desde luego, te abrirá puertas en los negocios.

Aclaro que no estoy hablando de adular.

No, eso hacen los “chupamedias” y estafadores. Hablo de un verdadero elogio. Algo que realmente admiremos del otro y se lo podamos decir a los cuatro vientos.

Algún quejoso de siempre dirá: “pero me suena que eso es medio falso ¿Que tal si no lo siento?”

Bueno si no lo sientes, busca la forma de hacerlo ¿Acaso me estas diciendo que no hay nada del otro que no puedas aprender y/o admirar?

Todos tenemos una cualidad única. Algo en lo que sobresalimos. De toda persona podemos aprender algo. Y si crees que ya lo sabes todo, me temo que ese es el principal problema que no te permite avanzar en la vida. Así de simple.

Permíteme mostrarte cómo incorporar el hábito de hablar bien de los demás con un simple ejercicio.

Un ejercicio simple pero eficaz para incorporar el hábito

Te propongo el siguiente ejercicio. Piensa en una persona realmente miserable que hayas conocido. Alguien, que segun tu humilde opinión, califique de ser humano sin redención.

Como nos gusta decir en Argentina: un verdadero hijo de puta.

¿Ya lo tienes? Bueno ahora quiero que enciendas tu computadora y escribas media carilla con la letra “Times New Roman” tamaño 10, un texto describiendo las cualidades únicas de esa persona.

Virtudes que tenga que realmente admiras de las que puedas aprender.

Es realmente fácil. Pensemos en un ejemplo bastante estereotipado: Adolf Hitler. Seguro que podemos escribir libros de las cosas reprobables que este particular personajes hiz y de todo el mal que generó para la humanidad pero…

¿Podemos escribir cosas buenas sobre él? ¿Podemos hablar de sus virtudes en vez de sus defectos? Veamos.

Para empezar podemos destacar que se trató de un líder formidable y muy carismático. Sin duda, la capacidad que tenía de excitar a las masas de esa forma no la tiene cualquiera.

Tal era su carisma y su forma de hablar que convenció a todo el pueblo alemán que eran los mejores del mundo.

Y piense usted luego de la primera guerra mundial el autoestima del alemán promedio estaba tan bajo que ya ni se deprimía.

Podemos decir que sin duda era también un gran motivador.

¿Lo ve? Sin ningún esfuerzo pude destacar cualidades de una persona que es vista prácticamente como la encarnación del mal. Y créame que si yo lo pude hacer con él, usted lo puede hacer con cualquier persona.

Vamos inténtelo ¿Que pierde con hacerlo? Se sorprenderá del resultado.

Una cuestión de hábito

Si nos dedicamos a hacer este ejercicio con todas las personas que conocemos y que vamos conociendo a lo largo de la vida, algo irá cambiando en nosotros.

Es muy probable que luego de dos meses empiece a notar que haz a incorporado buen hábito de ver lo bueno en el otro en vez de lo malo.

Ahora debes pasar a la segunda etapa: gritarlo a los cuatro vientos. Si tienes algo bueno que decir sobre alguien o alguien dilo ¿Para que quedarse callado?

Con un halago genuino le puede cambiar el día o la vida a una persona. Y si miras la reacción del otro y lo feliz que se pone, eso te hará ponerte feliz. Y la felicidad te hace más atractivo.

Dejemos de criticar. La gente odia las críticas. No existe la famosa crítica constructiva.

Cuando alguien empieza con la frase “Te hago una pequeña crítica/ observación” ya me pongo incomodo y me preparo para justificarme o defenderme. Es así de simple. La crítica nos pone a la defensiva y la queja aleja.

Si el objetivo es cambiar el comportamiento de alguien lo mejor es primero hacerle un halago sobre el tema en el que queremos influir y luego dale un consejo para mejorar ese aspecto.

Por ejemplo: “Que lindos que son esos zapatos. Realmente tienes un muy buen gusto. Te doy un pequeño consejo para que se vean increíbles, pásales una buena pomada negra. Quedarán increíbles.

¿Lo ves? Es así de fácil. Es mejor que decir algo como: “Lustra esos zapatos que les falta brillo”.

O peor cuando usa el tan temible “pero”: “Tus zapatos son lindos pero deberías lustrarlos más”. El cerebro anula todo lo que viene después del “pero” así que no lo uses. O en todo caso úsalo bien.

En el fondo todos creemos que tenemos razón y que jamás nos equivocamos así que para que ponerse a argumentar con alguien.

Mejor decirle las cosas de forma dulce y amable. Decirle mediante un cálido elogio que hizo algo bien y que haciendo lo que le decimos lo hará mejor.

Si hasta Hitler creía que tenía razón cuando decidió entrar en guerra con el resto del mundo ¿Acaso usted cree que va convencer a otros por medio de la crítica?

No importa que tan lógicamente argumentada esté, simplemente no lo logrará.

No, por el contrario, se aferraran más a sus ideas. Como dice el dicho zen: para fortalecer hay que debilitar, para sujetar hay que soltar

En conclusión

Hablé bien de los demás. Tanto de los presente como de los ausentes. Habitúese a ello.

Lo que hablan mal de terceros generan desconfianza. Cuando alguien me habla mal de un ausente yo pienso para mis adentro: “Si hace eso con ese, tarde o temprano lo hará conmigo”.

Piense que cuando usted lo hace, las personas pensarán eso.

Sáquese ese feo hábito y acostúmbrese a ver lo bueno de los otros y a gritarlo con entusiasmo.

El éxito se construye día a día con pequeños hábitos.

Hacer las cosas de otro modo

Hacer las cosas de otro modo

Más allá que nos venden que vivimos en la era de la cooperación y la tolerancia, la verdad es que seguimos siendo tan egoístas como siempre.

Ahora bien, el hecho de que el mundo empresarial esté poblado de gente miserable, no significa que debemos actuar como ellos. Por el contrario será mucho más eficiente convertirse en un modelo a seguir.

La premisa es muy sencilla: si todos hacen lo mismo haz algo distintos.

Este consejo es bien simple e idiota y sin embargo nadie lo sigue ¿Porque? Por el simple hecho de que disfrutamos ser simples ovejitas que caminan al compás del pastor.

Y tiene sentido, seguir una orden de alguien o una norma social es mucho más sencillo que tomar una decisión por uno mismo.

En el momento en el que decidimos actuar fuera de la norma nos cae el peso de la responsabilidad y el miedo a los desconocido.

La verdad que en la vida a veces hacemos cosas por dos motivos: o porque otros lo hacen o porque siempre se ha hecho así. No se cuestiona nada.

Tal vez las cosas se están haciendo mal pero eso no importa: si siempre se hizo así debe estar bien. Esa es la fuerza de la tradición. Nuestra naturaleza como seres esclavos de los hábitos nos traiciona.

Saliéndose de la norma: haz algo distinto

Por definición hacer algo distinto nos vuelve alguien novedoso, alguien original. Y eso ya nos hace destacar. Incluso nos hace atractivos.

Lo primero que hay que hacer es detectar los patrones sociales y preguntarse ¿Que está haciendo todo el mundo? Y luego pensar ¿Qué pasa si hago algo distinto?

Realmente ¿Qué es lo peor que podría pasar? En la mayoría de los casos la respuesta es: absolutamente nada.

Como dice el refrán: “la definición de locura es hacer siempre lo mismo y esperar resultados distintos”. Bueno hagamos algo distinto y las posibilidades serán infinitas.

De pequeño siempre me llamó la atención como lo hombres llamaban la atención de las mujeres de las formas más absurdas: desde gritarles improperios por la calle, hasta acercarse con chocolates y flores pretendiendo algún resultado robusto.

Por supuesto uno imita lo que hace la mayoría y el final es desastroso. O bien terminas en zona de amigos o bien en el pabellón de una cárcel común siendo ultrajado los 365 días del año (salvo bisiestos).

Con simplemente acercarse a una hermosa damisela en la calle y decirle: “Esto te puede parece ser muy raro pero la verdad que te vi y me pareciste increíblemente hermosa” ya te diferenciará del resto.

Por supuesto, tampoco esperes resultados inmediatos pero será una cuestión de ir probando hasta que lo hagas de la forma adecuada.

Y este es solo un ejemplo, hay millones de idioteces que hacen los hombres una y otra vez sin ningún resultado efectivo a excepción del onanismo diario.

Empieza a observar los patrones sociales y empieza a utilizarlo a tu favor. Empieza a ver la matrix, la mayor parte del tiempo los seres humanos repiten los mismo patrones una y otra vez ¿Patético? Si ¿Y entonces porque no aprovecharse de ello?

Los patrones sociales

Los patrones sociales

Como le dije anteriormente, somos esclavos de los hábitos y las costumbres. Nos cuesta realmente mucho ir en contra de ellas.

Miremos nuestra vida laboral ¿Como salimos a buscar trabajo?

Muy simple buscamos por la Internet la páginas de búsqueda laboral y dejamos nuestro CV u hoja de vida. Luego viene la tortuosa espera.

Si nos llaman, pasamos por el horrendo proceso de selección a manos de los seres más resentidos y mediocres que podamos encontrar: el personal de recursos humanos.

Luego de pasar sus pruebas y cuestionarios en donde nos hacen sentir pequeños y miserables, finalmente pasamos a hablar con el gerente o la persona a cargo.

Todo ese proceso realmente me frustra y me produce ansiedad. Siempre lo hizo. Por eso desde una temprana edad desafié la norma.

¿Quien dice que tengo que hacer lo que hacen todos? ¿Acaso no hay otros caminos para lograr  la misma meta? ¿Y sin en lugar de hablar con los payasos habló con el dueño del circo?

Seguramente debe haber una forma de contactar directamente al gerente de la empresa para la que quiero trabajar. Es decir, hoy en día la información sobre las personas es prácticamente pública.

Todo está ahí para que lo usemos a nuestro favor. Digo, si el Dios Google usa información para vendernos productos ¿Que nos impide a nosotros hacer lo mismo para contactar y congeniar con alguien? Es así de simple.

Recuerdo cómo obtuve mi primer trabajo en una empresa multinacional. Para ese entonces solo era un joven estudiante universitario sin ninguna experiencia.

Estaba atrapado en la famosa paradoja laboral: no me contratan porque no tengo experiencia y no tengo experiencia porque no me contratan.

Es horrible estar en esa situación. Encima el personal de recursos humanos te mira con ese aire de superioridad en todas las entrevistas.

Ahí se me ocurrió una alternativa bastante interesante para logar mi objetivo.

Por información de un  amigo sabía que los gerentes de todas las empresas solían ir a ciertos bares del centro de Buenos Aires a celebrar los clásicos “After Office”.

Por lo que se me ocurrió la genial idea de ir a dicho bar a hacer sociales y conocer gente ¿Digo que perdía al hacer eso? Absolutamente nada.

Y eso fue lo que hice: llegué al bar lleno de energía positiva dispuesto a transmitir mi alegría. Dispuesto a hablar con la gente y a socializar.

De eso se trata la vida, de vivir el presente, de pasarla bien y de tomar una buena cerveza (artesanal en lo posible).

Gracias a mis famosos repertorios de stand up improvisados que solía hacer, al cabo de una hora ya estaba sentado en una mesa hablando con varias personas y haciéndolas reír.

Las clases de improvisación y las de stand up que había hecho se pagaban solas.

Al cabo de un tiempo me encontré hablando con el director comercial de una conocida empresa de telecomunicaciones.

Algo que había descubierto es que había tres temas con los cuales uno podía conectar con otro hombre: mujeres, fútbol y autos. Como de autos yo no sabía y él no era muy fanático del fútbol, hablamos de mujeres (o minas como decimos en Argentina).

Resultaba que el caballero en cuestión estaba recientemente soltero debido a un difícil divorcio que había experimentado y resultaba que, según él, estaba medio “oxidado” concerniente al acercamiento al sexo opuesto.

Escuchando su dilema atentamente le propuse un experimento: acercarnos a unas finas damas que estaban sentadas al fondo del bar.

Él me miró algo perplejo pero aceptó la propuesta ya que parecía divertida y lo sacaría de su aburrida rutina.

Le dije que me siguiera y que observara. Con toda la seguridad del mundo fui con mi cerveza en mano y me senté junto a las damiselas.

Lo presenté a él como mi viejo compañero de aventura con quien había recorrido el norte de África. Las damas se rieron con furia ante mi curiosa presentación y comenzamos a charlar amistosamente con ellas.

Al final de la noche nos fuimos del bar con los números de teléfono de las dulces damiselas y una sonrisa en el rostro. Sin duda nos habíamos divertido un montón.

Una ley de oro de las relaciones  sociales que había aprendido es que nada une más a dos hombres que encarar los dos juntos a un grupo de mujeres.

Genera realmente un nivel de hermandad muy fuerte. Y si encima le das algún que otro consejo para mejorar en ese aspecto prácticamente te debe la vida.

Cuando nos estábamos despidiendo el me dijo: “Che, escuchame, estabas buscando trabajo ¿No? Pasame tu CV y hablamos en la semana ¿Dale?”

Si es cierto, había mencionado el hecho de que estaba buscando trabajo como dicho al pasar y miren lo que sucedió.

Por el principio de la reciprocidad, sentimos la necesidad de ayudar a quienes nos han ayudado y con quienes hemos desarrollado un fuerte vínculo.

Y para desarrollar un fuerte vínculo debemos compartir experiencias. A veces una experiencia intensa vale más que conocer a una persona durante años.

Efectivamente, me junté con él almorzar y luego de una charla amistosa hablando de nuestra épica noche, entré a la empresa. Los de recursos humanos siempre me tuvieron mucho odio por eso. Osé saltar su autoridad.

Pero bueno, nada es más irritante que lidiar con un resentido con poder. En ese caso prefiero saltarlos y encontrar una forma más útil y divertida de lograr mis objetivos.

La única crítica válida: la autocrítica

La única crítica válida: la autocrítica

Si vas a criticar a alguien, mirate al espejo ¿De verdad crees que eres tan perfecto? ¿De verdad crees que lo sabes todo? Para nada es así.

Probablemente te equivoques más de lo que crees y tienes tanto que aprender. Tienes una vida para aprender tanto y aun así no te alcanzará para todo el conocimiento disponible.

Y no hablo del conocimiento externo hablo de conocerte a tí mismo. El problema es que como estamos cambiando todo el tiempo es imposible llegar a conocernos totalmente.

Cuando creíamos que  sabíamos quiénes éramos, ya somos una persona distintiva. Cada vez que tocas el agua del río estas sintiendo un río diferente. Nunca es el mismo.

El auto conocimiento comienza replanteádonos todo acerca de nosotros. Cuestionando nuestras más íntimas creencias acerca de nosotros mismos, de los demás y del mundo en el que nos ha tocado vivir.

Todo comienza con la pregunta ¿Y qué tal si me equivoco?

La mejor forma de resolver un conflicto interpersonal consiste en hacernos esta pregunta y realizar la más severa autocrítica.

Si lo hacemos nosotros la otra persona ya no sentirá deseos de descargar su ira. Al contrario, tal vez sienta compasión. Y por cierto, la crítica es algo que se siente más dulce viniendo de nuestros labios que de la boca de otra persona.

Si, nos encanta hablar (sobre todo de nosotros mismos). Además mostramos sinceridad y honestidad. Una frase que calma el más furioso de los espíritus es: “Para ser honesto es muy posible que me haya equivocado y pido disculpas si fue así”.

Recuerdo que no hace mucho estuve a punto de ser despedido de un trabajo. Realmente me sentía incómodo allí. Las autoridades eran bastante mediocres y autoritarias el trabajo no llenaba mi espíritu.

Un día el jefe a cargo de mi sector me llamó para hablar. Sabía que era el fin. Vendría una crítica destructiva antes de que me informaran mi despido.

Debo admitir que merecía ser despedido. La verdad que no había rendido lo suficiente y había hecho un par de torpezas sociales por así decirlo.

Digamos que el medio de trabajo no ayudaba mucho y no era motivador. Lo que no me hacía mostrar  precisamente lo mejor de mí.

Caminando el recorrido desde mi oficina hasta la sala de conferencia me sentí como un condenado a muerte caminando por el patíbulo.

En ese momento una fabulosa idea vino a mí. Era bastante claro que la conversación que iba a tener con mi superior iba a comenzar con una durísima crítica entonces ¿Por qué no ser yo quien realice dicha masacre verbal?

Es más si él iba a ser duro conmigo yo pensaba ser aún más estricto y cruel. Es más sería tan cruel, que incluso él se pondría mi lado para defenderme de…mi mismo.

Eso fue lo que hice entonces. Antes de que pudiera empezar con su lapidario informe comencé hablando yo en forma severa y algo melancólico sobre mi actuar.

“La verdad es que estoy realmente decepcionado conmigo mismo. Realmente tenía tantas ganas de trabajar aquí. No sé qué me pasó. Tuve un par de problemas personales pero eso no lo justifica. Quería dar lo mejor de mí y realmente me decepcioné. Me fallé…

Y así continué por un rato para finalizar con:

“La verdad que honestamente quisiera renunciar, no quisiera quitarle más tiempo. Realmente mi decepción conmigo es muy grande. Lamento haberles quitado el tiempo y haberlos importunado. La verdad es que no merezco trabajar aquí”

Luego de semejante discurso flagelante mi superior se apiadó de mí y de hecho destacó algunos puntos positivos.

O sea, al yo asumir el rol del fiscal, él asumió el rol de abogado defensor. Y, finalmente, me dio otra oportunidad.

Increíble ¿Verdad? No, para nada. Creo que la empatía es algo inconsciente. Apiadarnos de alguien que está siendo atacado (incluso por el mismo) es algo instintivo.

Si alguien va a criticarte, retarte o censurarte, adelántate y hazlo tú. Eso sí, hazlo de forma desencarnada así la persona terminará diciendo cosas como: “Bueno, bueno, no es para tanto”.

Como marcar un error

Como marcar un error

Siempre es fácil escuchar cosas desagradables después de escuchar un elogio

Cuando debemos decir cosas desagradables (porque no nos queda opción) debemos preparar una arsenal de elogios sinceros para luego poder decir lo que queremos informar.

Recuerde que cuanto mayor es la dimensión de las críticas, mayores deben ser los elogios (en cantidad y calidad).

Debemos asegurarnos que nuestro interlocutor este rojo de la vergüenza al  haber escuchado tantos halagos. Y recuerda, jamás uses el “pero”.

Otra forma sutil de criticar o marcarle un error al otro

Además de la fórmula Halago + Consejo para evitar criticar existe otra forma de influir en las personas sin ofenderlas.

Podemos utilizar el llamado “modo sutil”. ¿En qué consiste? Simplemente marcando los errores es forma indirecta.

Si por ejemplo alguien ha escrito un artículo para publicar en una revista y claramente no corresponde a un formato para la revista, podemos decir: “¿Te parece que sería buena idea publicarla, esa revista? Me parece un excelente artículo académico. Sería un desperdicio publicarla allí.” En todo caso puede hacer una versión más light para adaptarla al medio.”

La idea es sugerir directamente que el artículo no sirve para la revista sin que sea una crítica en sentido literal.

O supongamos que realmente es un artículo horrible: “¿Te parece que la ideas están bien expresadas? Creo que las ideas son formidables y sería una pena que la gente no las entendiera. Creo que sería una excelente idea buscar una forma de expresión que las haga brillar ¿No te parece?”

Siempre con las preguntas indirectas y relatando lo bueno. De forma que el otro sienta que él es la autoridad y que buscas su aprobación.

De esa forma se sentirá importante y estará motivado a seguir el curso de acción que tu deseas.

Hacer valer tu trabajo

Hacer valer tu trabajo

¿La clave? Congruencia: haz valer tu trabajo

Muchas veces profesionales exitosos y capaces no reciben el crédito que se merecen. Su humildad y, más que nada, su extrema timidez lo convierte en víctimas de sus efectos.

Si uno logra determinados méritos o posee ciertas habilidades hay  que hacerlas notar.

Hay que hablar de los logros de uno. No se trata de arrogancia, se trata de venderse.

Si nos quedamos callados otro podría quedarse con el crédito. La vida es un equilibrio. Entre la humildad extrema y la pedantería hay un sano equilibrio.

Los extremos nunca son buenos. Por eso debemos encontrar el justo medio.

¿Nunca te ha pasado de estar en una reunión y que otra persona se quede con el crédito?

Ya se en el ámbito laboral como en un contexto universitarios estas situaciones suelen pasar. La timidez o el miedo a quedar como un arrogante pueden paralizarnos.

Y mientras estos sucede alguien mucho más hábil se aprovecha de la situación.

No sé si llamarlo justo o injusto. Es simplemente lo que ocurre. Hay gente más osada que otra. Lo bueno es que la osadía, como toda habilidad, se puede desarrollar.

Una cuestión cultural

En general, por temas culturales, en Argentina solemos ser más desvergonzados. O como nos gusta decirlo: “Cara duras”.

En cambio en otro país de Latinoamérica la extrema tendencia a ser políticamente correctos reprime a las personas.

Eso lo hace quedarse callados cuando deberían hablar. Cuando debería salir y venderse. Cuando deberían hablar de sus habilidades y sus logros.

Si te quedas callado a la hora de adjudicarse el crédito por tu trabajo otro lo hará por tí ¿Crees que quedas mal?

Para nada. Solo te estas vendiendo. Estas mostrando lo que vales. Eso no es ser pedante y si alguien lo cree así es su problema, no el tuyo. Piensa eso cada vez que el miedo a “quedar mal” te paralice.

Vender tu trabajo

Hacer valer tu trabajo es una necesidad para sobrevivir en un mundo competitivo y para eso debe aprender a venderte.

Hoy en día nos bombardean con técnicas de marketing personal y habilidades sociales ¿Porque no usarlas en lugar de ignorar los avisos y artículos?

¿Has pensado en tomar cursos sobre el tema?¿O leer libros? ¿Que te lo impide? Si hay un impedimento siempre hay algo que puedes hacer. No me vengas con excusas baratas.

El truco es tomar acción. Aunque sepas todas las técnicas del mundo de nada te servirán si la pones en acción.

La próxima vez que estés en esa reunión con tus colegas y tu jefe, clama tu existencia ¿Que importa lo que los demás piensen?

Si tu realmente crees que has hecho un buen trabajo pega el grito en cielo. No es arrogancia, es orgullo. Eso muestra seguridad y ésta genera admiración.

Si te pasas no importa. Mejor quedar como un “sacado” que como un quedado.

Consejo políticamente incorrecto que funcionan en la vida real. Ya sea en el trabajo como en la seducción. Con el tiempo te irás calibrando. La práctica hace al maestro.

Y no olvides valorar el trabajo de los otros

El trabajo humano le da significado a nuestra existencia. Nos dignifica ¿Que mejor que dignificar el trabajo de aquellos que te ayudaron?

Darles el reconocimiento que se merecen. Si tienes miedo de quedar como arrogante hacer esto impedirá que suceda.

Y adicionalmente te habrás ganado la simpatía de aquellos cuyo esfuerzo reconociste. Nada más eficaz que alimentar el sentido de la importancia ajeno para ganar simpatizantes, aliados y amigos.