esclavos de los habitos

Los patrones sociales

Como le dije anteriormente, somos esclavos de los hábitos y las costumbres. Nos cuesta realmente mucho ir en contra de ellas.

Miremos nuestra vida laboral ¿Como salimos a buscar trabajo?

Muy simple buscamos por la Internet la páginas de búsqueda laboral y dejamos nuestro CV u hoja de vida. Luego viene la tortuosa espera.

Si nos llaman, pasamos por el horrendo proceso de selección a manos de los seres más resentidos y mediocres que podamos encontrar: el personal de recursos humanos.

Luego de pasar sus pruebas y cuestionarios en donde nos hacen sentir pequeños y miserables, finalmente pasamos a hablar con el gerente o la persona a cargo.

Todo ese proceso realmente me frustra y me produce ansiedad. Siempre lo hizo. Por eso desde una temprana edad desafié la norma.

¿Quien dice que tengo que hacer lo que hacen todos? ¿Acaso no hay otros caminos para lograr  la misma meta? ¿Y sin en lugar de hablar con los payasos habló con el dueño del circo?

Seguramente debe haber una forma de contactar directamente al gerente de la empresa para la que quiero trabajar. Es decir, hoy en día la información sobre las personas es prácticamente pública.

Todo está ahí para que lo usemos a nuestro favor. Digo, si el Dios Google usa información para vendernos productos ¿Que nos impide a nosotros hacer lo mismo para contactar y congeniar con alguien? Es así de simple.

Recuerdo cómo obtuve mi primer trabajo en una empresa multinacional. Para ese entonces solo era un joven estudiante universitario sin ninguna experiencia.

Estaba atrapado en la famosa paradoja laboral: no me contratan porque no tengo experiencia y no tengo experiencia porque no me contratan.

Es horrible estar en esa situación. Encima el personal de recursos humanos te mira con ese aire de superioridad en todas las entrevistas.

Ahí se me ocurrió una alternativa bastante interesante para logar mi objetivo.

Por información de un  amigo sabía que los gerentes de todas las empresas solían ir a ciertos bares del centro de Buenos Aires a celebrar los clásicos “After Office”.

Por lo que se me ocurrió la genial idea de ir a dicho bar a hacer sociales y conocer gente ¿Digo que perdía al hacer eso? Absolutamente nada.

Y eso fue lo que hice: llegué al bar lleno de energía positiva dispuesto a transmitir mi alegría. Dispuesto a hablar con la gente y a socializar.

De eso se trata la vida, de vivir el presente, de pasarla bien y de tomar una buena cerveza (artesanal en lo posible).

Gracias a mis famosos repertorios de stand up improvisados que solía hacer, al cabo de una hora ya estaba sentado en una mesa hablando con varias personas y haciéndolas reír.

Las clases de improvisación y las de stand up que había hecho se pagaban solas.

Al cabo de un tiempo me encontré hablando con el director comercial de una conocida empresa de telecomunicaciones.

Algo que había descubierto es que había tres temas con los cuales uno podía conectar con otro hombre: mujeres, fútbol y autos. Como de autos yo no sabía y él no era muy fanático del fútbol, hablamos de mujeres (o minas como decimos en Argentina).

Resultaba que el caballero en cuestión estaba recientemente soltero debido a un difícil divorcio que había experimentado y resultaba que, según él, estaba medio “oxidado” concerniente al acercamiento al sexo opuesto.

Escuchando su dilema atentamente le propuse un experimento: acercarnos a unas finas damas que estaban sentadas al fondo del bar.

Él me miró algo perplejo pero aceptó la propuesta ya que parecía divertida y lo sacaría de su aburrida rutina.

Le dije que me siguiera y que observara. Con toda la seguridad del mundo fui con mi cerveza en mano y me senté junto a las damiselas.

Lo presenté a él como mi viejo compañero de aventura con quien había recorrido el norte de África. Las damas se rieron con furia ante mi curiosa presentación y comenzamos a charlar amistosamente con ellas.

Al final de la noche nos fuimos del bar con los números de teléfono de las dulces damiselas y una sonrisa en el rostro. Sin duda nos habíamos divertido un montón.

Una ley de oro de las relaciones  sociales que había aprendido es que nada une más a dos hombres que encarar los dos juntos a un grupo de mujeres.

Genera realmente un nivel de hermandad muy fuerte. Y si encima le das algún que otro consejo para mejorar en ese aspecto prácticamente te debe la vida.

Cuando nos estábamos despidiendo el me dijo: “Che, escuchame, estabas buscando trabajo ¿No? Pasame tu CV y hablamos en la semana ¿Dale?”

Si es cierto, había mencionado el hecho de que estaba buscando trabajo como dicho al pasar y miren lo que sucedió.

Por el principio de la reciprocidad, sentimos la necesidad de ayudar a quienes nos han ayudado y con quienes hemos desarrollado un fuerte vínculo.

Y para desarrollar un fuerte vínculo debemos compartir experiencias. A veces una experiencia intensa vale más que conocer a una persona durante años.

Efectivamente, me junté con él almorzar y luego de una charla amistosa hablando de nuestra épica noche, entré a la empresa. Los de recursos humanos siempre me tuvieron mucho odio por eso. Osé saltar su autoridad.

Pero bueno, nada es más irritante que lidiar con un resentido con poder. En ese caso prefiero saltarlos y encontrar una forma más útil y divertida de lograr mis objetivos.

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