La única crítica válida: la autocrítica

Si vas a criticar a alguien, mirate al espejo ¿De verdad crees que eres tan perfecto? ¿De verdad crees que lo sabes todo? Para nada es así.

Probablemente te equivoques más de lo que crees y tienes tanto que aprender. Tienes una vida para aprender tanto y aun así no te alcanzará para todo el conocimiento disponible.

Y no hablo del conocimiento externo hablo de conocerte a tí mismo. El problema es que como estamos cambiando todo el tiempo es imposible llegar a conocernos totalmente.

Cuando creíamos que  sabíamos quiénes éramos, ya somos una persona distintiva. Cada vez que tocas el agua del río estas sintiendo un río diferente. Nunca es el mismo.

El auto conocimiento comienza replanteádonos todo acerca de nosotros. Cuestionando nuestras más íntimas creencias acerca de nosotros mismos, de los demás y del mundo en el que nos ha tocado vivir.

Todo comienza con la pregunta ¿Y qué tal si me equivoco?

La mejor forma de resolver un conflicto interpersonal consiste en hacernos esta pregunta y realizar la más severa autocrítica.

Si lo hacemos nosotros la otra persona ya no sentirá deseos de descargar su ira. Al contrario, tal vez sienta compasión. Y por cierto, la crítica es algo que se siente más dulce viniendo de nuestros labios que de la boca de otra persona.

Si, nos encanta hablar (sobre todo de nosotros mismos). Además mostramos sinceridad y honestidad. Una frase que calma el más furioso de los espíritus es: “Para ser honesto es muy posible que me haya equivocado y pido disculpas si fue así”.

Recuerdo que no hace mucho estuve a punto de ser despedido de un trabajo. Realmente me sentía incómodo allí. Las autoridades eran bastante mediocres y autoritarias el trabajo no llenaba mi espíritu.

Un día el jefe a cargo de mi sector me llamó para hablar. Sabía que era el fin. Vendría una crítica destructiva antes de que me informaran mi despido.

Debo admitir que merecía ser despedido. La verdad que no había rendido lo suficiente y había hecho un par de torpezas sociales por así decirlo.

Digamos que el medio de trabajo no ayudaba mucho y no era motivador. Lo que no me hacía mostrar  precisamente lo mejor de mí.

Caminando el recorrido desde mi oficina hasta la sala de conferencia me sentí como un condenado a muerte caminando por el patíbulo.

En ese momento una fabulosa idea vino a mí. Era bastante claro que la conversación que iba a tener con mi superior iba a comenzar con una durísima crítica entonces ¿Por qué no ser yo quien realice dicha masacre verbal?

Es más si él iba a ser duro conmigo yo pensaba ser aún más estricto y cruel. Es más sería tan cruel, que incluso él se pondría mi lado para defenderme de…mi mismo.

Eso fue lo que hice entonces. Antes de que pudiera empezar con su lapidario informe comencé hablando yo en forma severa y algo melancólico sobre mi actuar.

“La verdad es que estoy realmente decepcionado conmigo mismo. Realmente tenía tantas ganas de trabajar aquí. No sé qué me pasó. Tuve un par de problemas personales pero eso no lo justifica. Quería dar lo mejor de mí y realmente me decepcioné. Me fallé…

Y así continué por un rato para finalizar con:

“La verdad que honestamente quisiera renunciar, no quisiera quitarle más tiempo. Realmente mi decepción conmigo es muy grande. Lamento haberles quitado el tiempo y haberlos importunado. La verdad es que no merezco trabajar aquí”

Luego de semejante discurso flagelante mi superior se apiadó de mí y de hecho destacó algunos puntos positivos.

O sea, al yo asumir el rol del fiscal, él asumió el rol de abogado defensor. Y, finalmente, me dio otra oportunidad.

Increíble ¿Verdad? No, para nada. Creo que la empatía es algo inconsciente. Apiadarnos de alguien que está siendo atacado (incluso por el mismo) es algo instintivo.

Si alguien va a criticarte, retarte o censurarte, adelántate y hazlo tú. Eso sí, hazlo de forma desencarnada así la persona terminará diciendo cosas como: “Bueno, bueno, no es para tanto”.

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